A los 194 años de la Independencia de Colombia.

Antonio Guzmán Blanco.

La conquista de América, en sólo una centuria, cerró el círculo de su dominación, sobre las ruinas de los viejos y gloriosos imperios aborígenes, imponiéndose omnipotentemente. La empresa hispánica en el Nuevo Mundo fue la mas tremenda mezcla de elevadas virtudes y abominables crímenes; en realidad fue tan falsa la leyenda dorada como la leyenda negra. Las virtudes tradicionales del pueblo español, su valor, su entereza, su constancia, su temeridad, su singular capacidad conquistadora, al lado de las mas bajas y ruines pasiones del hombre y de la época, la ambición, la crueldad y la perfidia desempeñaron un igual papel en aquella epopeya tan violenta, sublime y dolorosa. Pero, además de estos hechos que enturbiaron el período colonial en que se empleó la guerra para restaurar la paz, se usó la fuerza para cimentar el derecho y se quebrantó la justicia para imponer la ley; los españoles, con su afán de conquistarlo todo trajeron a la primitiva América la más devastadora y temida enfermedad, conocida en el mundo de entonces: la viruela, epidemia que exterminó el 95 % de nuestra población aborigen y que, según el cronista de ese entonces, José María Caballero, en 1783, ocasionó la muerte a mas de 7.000 personas. Todas estas calamidades, mas los impuestos de Barlovento, de Estanco, de Alcabala y otros más. exacerbaron los ánimos e hicieron insostenible la apacible vida del regazo social de los indios y negros, quienes excluidos venían en la Revolución Comunera la solución de todos sus problemas.

La inteligencia del criollo, sedienta de libertad y poder, alimentada por la inestabilidad de la Europa de entonces, producto de la ocupación de Andalucía por los ejercitos franceses. encendió los ánimos y despertó los corazones dormidos de nuestros coterráneos. La rivalidad existente entre españoles, pardos y mestizos, se exaltó e hizo crisis por la represión de las autoridades locales contra las personalidades criollas, en represalia por las ventajas obtenidas de la Junta de Regencia de España. El nativo odió más al gobierno español, la brecha era profunda y el malestar solo era contenido por el filo de las bayonetas y por las amenazas y acusaciones ante parcializados oidores. Pero este remedio no fue suficiente, no bastó para para evitar que se inflamaron los ánimos, que se murmurara con calor y con rabia, que se conspirara contra el mal gobierno y que el descontento se hiciera general.

El grito de independencia dado en Bogotá el 20 de Julio de 1810 no fue el primero. Ya la ciudad de Cali lo había dado, enviando comunicación sobre el particular a los cabildantes de Santafé. La ciudad del Socorro hizo lo propio. Este sentimiento nacional se había venido reflejando en la capital, en buena parte producto de hombres eminentes venidos de la privincia, entre ellos se destacaron: el canonigo Rosillo, del Socorro quien fué llevado a la cárcel de Santafé, por el solo hecho de ser un ferviente defensor de la libertad y la igualdad entre los seres humanos: el doctor Don Ignacio Herrera, en Cali, por haber redactado un documento en defensa de la Independencia y Don Camilo Torres, hijo de Popayán, autor del Memorial de Agravios.

Los movimientos de Caracas, de Cartagena, del Socorro y de Pamplona reanimaron los corazones, aún dormidos, y el 20 de Julio de 1810, una sola palabra bastó para romper los diques del silencio, del oprobio y del sufrimiento.

En el frío despertar Santafereño, la alborada libertaria invadía en silencio como una espesa capa de niebla, mientras los corazones palpitantes, crepitantes y resueltos esperaban el momento preciso.

José Llorente, español amigo de los opresores, soltó una expresión descomedida contra los americanos que paseaban alrededor de su tienda. En ese instante, un criollo fingiendo que ignoraba lo sucedido,, hizo una cortesía de urbanidad al español; en el acto fue reprendido por Don Francisco Morales, quien tenía el enojo pintado en su semblante, exaltado el ánimo y dispuesto a la venganza, lo que hizo saltar la chispa que formó el incendio de nuestra libertad. Todos se agolparon a la tienda de Llorente; los gritos atrajeron más y más gente y en un momento se vió todo un pueblo numeroso reunido e indignado contra el atrevido español y sus amigos.

A la una y media de la tarde, a escondidas regresaba a su casa el peninsular, para no ser visto por el pueblo enfurecido, pero, fue inútil toda precaución. Uno de la plebe gritó: ¡ Aquí llevan a Llorente !, apenas entró a su casa, cuando una multitud inmensa se encontraba frente a ella, resuelta a prenderlo o tal ver a ponerle fin de su existencia. El alcalde ordinario ocurrió a sosegar ese tumulto y a salvar la vida de este infortunado hombre. A fuerza de promesas y empeñando el crédito de su autoridad, consiguió aquietar al pueblo, conduciendo a Llorente a la carcel a la vista de todos.

El día transcurrió violentamente, la noche se acercaba y los animos parecían decaer. Olas de pueblo, estimuladas por Carbonell y reanimadas por el verbo elocuente del Tribuno del Pueblo José Acevedo y Gómez, tomaron un nuevo valor con las tinieblas, llegando a la Plaza Principal de todas partes, agolpandose, girtando enardecidamente " Cabildo Abierto ".

Se comisionaron a los Doctores Benedicto Salgar, José María Carbonell, Antonio Malo, Salvador Cancino y otros, para que relataran al Virrey la gravedad de los hechos y le exigieran el Cabildo Abierto que solicitaba la enfurecida turba. Por fortuna, el Monarca había llamado al oidor, Don Juan de Jurado para que le aconsejara en ese trance crítico y apurado. Este juicioso y prudente español le dijo al Virrey: " Conceded Vuestra Excelencia cuanto pide el pueblo, si quiere salvar sus vidas y sus intereses". El Virrey, en los últimos apuros, concedió Cabildo Extraordinario pero no Abierto y firmó un decreto de su puño y letra, con el cual ponía fin a su autoridad y sus funciones.

A las seis y media de la noche, las campanas de la Catedral y de todas las iglesias llamaban a Cabildo Abierto. Estos clamores, mezclados con antorchas encendidas, bumoso calor a chicha y aguardiente, gentío murmurante y enardecido, llevaron a la consternación y al espanto a todos los funcionarios del gobierno.

Tembló el Virrey en su palacio, al conocer que las armas en que tanto había confiado, eran ya unos instrumentos impotentes y débiles. Percibió, con todos los miembros de su régimen, que no es el terror, ni el calabozo, ni las cadenas, el freno de los pueblos.

El Cabildo Extraordinario se reunió en medio de la presión popular y bajo la influencia de los oradores como Acevedo y Gómez y de agitadores como Carbonell. Lo pedido en este Cabildo era la elección de un gobierno supremo representado por una junta interina, mientras se dictaba la nueva Constitución que debería basarse en la libertad y la independencia, en un sistema federativo cuya representación debería residir en Santafé de Bogotá. Los firmantes, al no abdicar de los derechos imprescindibles de la Soberanía del pueblo, sólo concedían que fuese ejercida por el augusto y desgraciado monarca Don Fernando VII, " siempre que viniera a reinar en la Nueva Granada ".

Así comenzó la emancipación de Colombia, así fueron eregidas nuestras instituciones, así se selló nuestra independencia, más no la libertad, muchas fueron las vidas ofrendadas a la patria para mentenerle y muchos los sacrificios para contrarrestar la reconquista española.-

Mas tarde en Boyacá, el espíritu de la revolución, obtuvo éxito feliz. Aquellos signos distintivos de la colonia, cedieron paso a un gobierno propio con autoridad y deseo de imponerla sin transigir con el pasado.

En esa forma, Colombia abrió las puertas de su Independencia y de su Libertad, epopeya sublimada por el orgullo de una raza que aspiró abolir para siempre la arbitrariedad de la espada, la insolencia de los intrusos, la mansedumbre del pueblo, el temor del oprimido y el conformismo de nuestros coterráneos y consagró para siempre, hasta el fin de su existencia, el Derecho como norma suprema para la solidez y armonía de la convivencia humana.

En esta fecha, gloriosa, en la que los colombianos celebramos la independencia de nuestra patria, se hace propicia la oportunidad para renovar nuestra fe en su futuro y pensar en las viudas y en los huérfanos, producto de la violencia, que claman por un mundo mejor y ven esperanzados el fulgurante halo de la paz, aún sin desvanecerse, porque creen que ninguna guerra es justa y ninguna paz es imposible y que si los colombianos hemos tenido el coraje de vivir en guerra por nuestros ideales, debemos tener la valentía para buscar la concordia y la paz en beneficio de la integridad de la Patria y, a pesar de las tensiones que padecemos por la lucha contra los violentos de todas las tendencias, hay momentos como éste para alegrarnos, para exaltar los sentimientos de armonía, para recordar a esa Colombia llena de música y de tradiciones que tanto añoramos, para pensar que al lado de los traficantes de la muerte que han pretendido acabar con el país y con sus gentes, hay personas emprendedoras y trabajadoras como ustedes, queridos compatriotas, que orgullosamente ostentan nuestro gentilicio y que se resisten a perder su arraigo, sus ancestros, su nacionalidad, y que a pesar de las adversidades, el ser colombianos les llena el corazón y les alimenta el alma.

Llegó la hora de la solidaridad, de la esperanza, de tener ilusiones, de creer que la vida sea propicia y buena para nuestros hijos y las generaciones por venir. De las nubes más negras caen las gotas de agua mas cristalinas y claras, y así esperamos los colombianos que después de este oscuro episodio de nuestra historia nacional, surja la paz que cubra toda nuestra geografía.