Hermanitas De Los Pobres De Maiquetía

La Madre Emilia puso siempre su confianza en el Señor Jesús, y le pedía para todos sus enfermos; los movía con sus ejemplos y palabras a llevar con paciencia sus dolores y a esperar los bienes eternos.
La esperanza y confianza en Dios acompañaron siempre sus buenas obras. Esta esperanza motivaba a lo jóvenes que la seguían, a entregarse con entusiasmo en su trabajo apostólico con los enfermos que asistían.
En las continuas exhortaciones que la Madre Emilia hacia a las hermanas, refieren éstas que sus palabras tenían una eficacia tan grande y esperanzadora que de allí salían siempre mas fervorosas y decididas a buscar más la santidad, llevándolas a una entrega generosa e incondicional al mas necesitado.
Siempre la Madre Emilia ponía toda su esperanza en Dios, por ello esta se acrecentaba en los momentos difíciles. Entonces se le veía a acudir con prontitud a buscar luz en la oración; si había alguna dificultad, se le veía al pie del Sagrario orando para que Dios se manifestara, conforme a su voluntad.
Mostró con sus obras y trabajo diario, su ardiente deseo de padecer para alcanzar la vida eterna.
En la proximidad de la muerte, la Madre Emilia disfrutaba de la santa tranquilidad que acompaña a los que han obrado según la voluntad de Dios, preparándose del modo más natural para el encuentro definitivo con el Señor. Madre Emilia Chapellín Istúriz

Emilia continua atendiendo a Doña Trina, su madre, con todo el cariño, delicadez y amor que bullían en su corazón de hija solicita y afectuosa. Dones que en ella se acrecentaban cada día por el inmenso amor a Dios que experimentaba.
Pero la salud de su madre se deterioraba cada día más, lo que ocasionaba en Emilia un sufrimiento indecible. ¡Cuantos sentimientos y emociones revolotearían en su interior! Lo que mas le fortalecía era su fe y confianza en el Señor. Desde niña, en ese ambiente de piedad y temple que se respiraba en su hogar, fue cultivando esas virtudes que, en este momento de dolor, necesitaba poner en práctica con más radicalidad.
Esa firme confianza en Dios fue la que la empujo a ofrecer su vida a cambio de la salud de su madre tan amada. Se haría religiosa, seria una mujer consagrada a los pobres en una comunidad que tuviera esa misión. Éste había sido siempre el sueño de su vida: dedicarse al servicio de los pobres. Veía que era difícil, la situación del país no daba esperanza de que se pudiera realizar. Recordaba la persecución que se encarnizó contra la iglesia, concretamente sobre las religiosas que tenían sus conventos en el país, las cuales fueron expulsadas sin misericordia y destruidas sus casas.. Ahora que encuentra en una situación límite, en un impulso de amor filial, suplicando al Padre del Cielo le conceda el favor de curar a su madre, resuelve definitivamente hacer todo lo posible por cumplir su propósito. Cueste lo que
Le cueste, se consagrará al divino servicio.

Después de esta ofrenda, guardó silencio. Era un secreto entre ella y su Amado. Aún con más solicitud extremó los cuidados hacia su madre enferma. Estaba completamente abandonada a la Voluntad de Dios. Una gran paz invadía su corazón, no obstante el sufrimiento que suponía ver que su madre no mejoraba.

Los cuidados no causaron el efecto esperado por todos. Doña Trina se agrava cada día más. Es precioso aceptar los designios del Padre de la Vida y prepararla para el encuentro con Él. A principio de junio de 1885 recibió los últimos Sacramentos. Don Ramón, con todos sus ejemplos de cómo se acerca a la muerte una persona que ha entregado su vida al cumplimiento fiel de su misión según el querer de Dios. Movida de gran fervor, hablaba con Dios con una familiaridad digna de santos. Momentos ante de expirar, exclamó llena de gozo: “¡Que ganas tengo de ver a Dios!”

Emilia comprendió que su madre daría el paso definitivo a la Vida eterna y acepta de todo corazón la Voluntad de Dios.

El 7 de junio de 1885, en las primeras horas de la mañana, su querida madre se durmió en los brazos del Señor, dejando gran desolación en la familia.

Pbro. Santiago F. Machado
Después de la misa solemne en la Victoria, su ciudad natal, el P. Machado se pone bajo las órdenes de sus superiores eclesiásticos, dispuesto a cumplir su misión de apóstol de Jesucristo, como sacerdote fiel de la Iglesia.

Le confiaron la Capellanía de la Ermita del Carmen en La Guaira, donde, impregnado de fervor y celo apostólico, se dedicó por entero a la evangelización y promoción humana de los feligreses que le fueron confiados. El asombro de todos fue grande. Vislumbraron en él un alma apasionada por Dios, cuyo amor lo impulsaba a no descansar en aras de la salvación del rebaño a su cuidado.

Comenzó con los niños. Recordó sus años de seminarista en La Victoria, donde se empezó a perfilar su futuro. Organizo la enseñanza del Catecismo a los niños con edad de hacer la Primera Comunión. Era tal su eficiencia y dinamismo que, en tres meses, logró prepararlos a todos, y el 16 de julio de 1877, fiesta de la Patrona de la Ermita, recibieron por primera vez a Jesús en sus corazones. No se contentó con solo esto. Celebró las fiestas patronales con mucho fervor involucrando a sus feligreses, quienes lo apoyaron sin reservas, y a quienes les inculcó el espíritu de servicio y atención a todos sin distingo de razas, credos o condición social.

Continúa la labor apostólica con más fuerza aún y, pasados unos meses, es nombrado Teniente Cura de la Parroquia de Maiquetía. Las feligreses sienten muchísimo este cambio, habían sido contagiados por su fervor, se reúnen a ver que pueden hacer para que no les quiten a su pastor, escriben al Arzobispo pidiéndole que se los envíen nuevamente, pero no logran el objetivo. Así, en el mes de octubre de 1877, comienza a ejercer su nueva misión. El Párroco era Mons. Juan Bautista Castro, quien también desempeñaba una gran labor. Maiquetía era un pueblo difícil de pastorear y Mons. Castro estaba haciendo lo imposible por lograr la unión entre los fieles, que estaban divididos, y entre los grupos que peleaban por el poder, llevándoles la Palabra de Dios. Sin duda, le hacia falta un colaborador eficiente, solícito y preocupado por las necesidades de la gente, en forma integral.

Pues bien, allá llegó nuestro P. Machado, por servir y evangelizar. Puso a disposición la Iglesia los dones que había recibido de Dios con tanta gratitud: celo apostólico, fe, dinamismo, carácter decidido y emprendedor, capacidad de servicio, intuición de las necesidades, especialmente de los más pobres y frágiles, solidaridad a toda prueba, en fin, se entregó sin reserva a la construcción del Reino entre el amado pueblo de Maiquetía.

Poco a poco la respuesta de los fieles fue llegando: matrimonios bendecidos con el Sacramento, liberación de rencores y resentimientos, más armonía en los grupos políticos, y un despertar de inquietudes en la gente, lo que permitía al Teniente Cura sembrar valores y suscitar proyectos que contribuyesen al bienestar de todos.

Los médicos me dicen que tiene una bacteria en los pulmones”. Me dio un vuelco en el corazón, apreté con fuerza la estampa y le pedi por mi nieta. El día siguiente continuó la fiebre, fui a visitarla, se la encomendé a M. Emilia. Sigo rezando y pidiendo por ella a la Madre. En la noche, mi hija me llama que no tiene fiebre, ni infección de nada. Gracias, M. Emilia. Betty.

 

 

 

 

Retrato de la Hermana Emilia

Pintura de una etapa mas joven de la hermana.

 

Su ejemplo inspira la piedad y solidaridad con los mayores.