Anacaona y la raza cautiva (2ª parte)
Continuemos con la historia de esta valiente mujer, que ha sido mitificada por ser una de las principales figuras de la sociedad taina, en el momento en que se dio el célebre encuentro de las razas amerindia y española.
La mayoría de los textos históricos resaltan el atractivo físico de la que llego a ser cacica de los Jaragua y de los Maguana, dos de los cinco cacicazgos en los que estaba dividida la isla de Haití, así como también destacan la inteligencia y agilidad mental con la que se manejaba.
Por. NELSON VIELMA.

 


 

Las sospechas de Nicolás y el recibimiento de Anacaona


Es posible que alguno de los hombres de Roldan que odiaban a Anacaona, le dijera falsamente a Nicolás de Ovando, que los indios Jaragua conspiraban para expulsar a los españoles de sus tierras y Ovando decidió tomar acciones para "domesticar" a este infeliz pueblo, fraguando una de las mayores matanzas que se registraron en la historia de la conquista. Ovando inmediatamente marchó a la hermosa provincia Jaragua, con trescientos infantes armados con espadas, ballestas y arcabuces, más setenta jinetes armados con lanzas, escudos y corazas. El conquistador alegaba que su viaje era para visitar a su amiga la cacica Anacaona y arreglar el pago del tributo. La cacica al recibir la noticia les hizo un gran recibimiento, donde reunió a todos sus caciques subalternos y a sus principales súbditos. Al llegar Ovando con su ejército, Anacaona lo recibió con una numerosa comitiva que entono areitos en honor de los visitantes, mientras muchas jóvenes aparecieron bailando totalmente desnudas, con ramas de palma en la mano, del mismo modo que en la primera visita española.
El cronista Pedro Mártir, describió este singular y erótico recibimiento con estas palabras: "…cuando los nuestros vieron salir de los bosques a aquellas jóvenes vírgenes de color moreno claro y agradable, de suave y delicado cutis, de bellísimas proporciones, con el cabello suelto, una redecilla en la cabeza y completamente desnudas, se imaginaron estar ante una aparición de las dríadas o de las hadas y ninfas que celebraban los poetas clásicos".
La cacica Anacaona con su acostumbrada cordialidad, alojó a Ovando en el mejor bohío de la tribu y a los soldados en las bohíos inmediatos, también les dio a sus huéspedes los mejores manjares y a petición de los visitantes se repitieron muchas veces los bailes, juegos y areitos.


La falsedad española


Si Nicolás de Ovando, temía algo de los indios, debió seguir el ejemplo de Cristóbal y Bartolomé Colón, que retuvieron en su poder a los caciques, como garantía de su vida. Pero por desgracia, los instintos inhumanos de Ovando, transformaron sus sospechas en convicción y su mente criminal solo pensó abortar la supuesta conjuración.
Ovando fingió corresponder al recibimiento y a los obsequios de Anacaona, organizando un banquete para celebrar su nombramiento de gobernador y con esta excusa invitó a Anacaona y a ochenta caciques. A nuestros aborígenes, que eran nobles por naturaleza, les dijeron que esta celebración era para los españoles demostrar sus habilidades en los juegos y que estos serian ejecutados por sus soldados, uno de ellos sería el de las cañas. Los Jaraguas muy emocionados veían a uno de los soldados de Ovando, que había enseñado a su caballo a corvetear al compás de un violín.
La celebración de la maldad
La celebración se realizo una tarde de domingo en la plaza, frente al bohío que ocupaba Ovando, quien le había ordenado a sus hombres que cuando asistiesen a los juegos, no llevasen picas despuntadas, ni cañas, sino que fuesen bien armados. Una gran cantidad de tainos esperaban impacientes en la plaza, atraídos por el espectáculo, mientras el despiadado Ovando disimulaba sus intenciones.
Después de comer, Ovando se puso a jugar herrón con sus principales capitanes, mientras los nobles e ingenuos caciques, impacientes por ver la destreza de los españoles en los juegos de la nación taina, le rogaban que diera inicio al tan esperado espectáculo ritual. La presencia de la caballería, siempre era algo muy impresionante para nuestros aborígenes en la época de conquista y allí estaban setenta jinetes, con sus corazas de metal y sus extrañas y mortíferas armas.
En medio de la conmoción emocional que en ese momento vivían los tainos, Ovando ordeno suspender los juegos y se colocó en un sitio donde podía ver el movimiento de sus soldados y cuando lo creyó oportuno, hizo la señal convenida entre ellos. En el acto se escucho el agudo sonido de la trompeta y los capitanes Diego Velázquez y Rodrigo Mejiatrillo, ordenaron a sus tropas rodear el caney donde estaban Anacaona y los demás caciques.

La falsas Confesiones


Los soldados españoles, penetraron al bohío y los hicieron prisioneros a todos. Sin escuchar las suplicas de los sorprendidos caciques, fueron atando a los desdichados en las vigas del techo y se llevaron a la hermosa Anacaona, mientras le aplicaban crueles torturas a los caciques tainos, logrando por este bárbaro martirio, que el dolor les arrancara a algunos la falsa confesión, de haber entrado con su reina en la imaginada conspiración, ya que los tainos nunca pensaron hacer mal a los conquistadores.

La gran masacre de los tainos


Cuando los españoles creyeron haber conseguido bastantes confesiones, sin entrar en nuevas investigaciones, incendiaron el bohío con todos los caciques en su interior, quemándolos vivos en medio de desgarradores lamentos. Mientras esto ocurría con el cacicazgo, a la señal de sus capitanes los jinetes acometieron con lanzas y espadas a la indefensa muchedumbre, estaban realizando una de las más horribles carnicerías de la bárbara historia de la conquista.
Los sanguinarios españoles no respetaron sexo ni edad. Si alguno de aquellos hombres, movido por la misericordia intentaba salvar a algún niño estrechándolo entre sus brazos, otro de sus compañeros se lo arrebataba y lo hacía pedazos.
En ese tiempo residía en la isla Fray Bartolomé de las Casas y describió con detalles esa sangrienta tragedia y no exagero, porque él estuvo relacionado con los actores de esta matanza y también porque su relato concuerda con muchos otros, incluyendo el de Nicolás de Ovando, que visitó algunos años después esta comarca y repitió varias de las circunstancias de este crimen, tales como haber jugado al herrón minutos antes de la catástrofe y el haber quemado a mas de cuarenta caciques.
Resultado de la masacre
Diego Méndez, que vivía en Jaragua y que probablemente fuera testigo presencial de la carnicería, consigno en su testamento que ochenta y cuatro caciques murieron quemados o ahorcados y Las Casas fijo en ochenta el número de los que entraron con Anacaona en la casa que incendiaron.
Las víctimas causadas en la multitud por el ataque de la caballería fueron muchísimas, entre los sobrevivientes de este atropello se encontraron la pequeña princesa Guarocuya, quién posteriormente fue entregada a Fray Bartolomé de las Casas, para que velara por ella. Higuemota, la hija de Anacaona, Mencia la nieta de Anacaona y el gran guapotori Hatuey, quién posteriormente escapó a Cuba. Una vez en Cuba Hatuey, organizó la resistencia, pero fue capturado en batalla, torturado y posteriormente asesinado. Varios indios que pudieron huir en sus canoas se refugiaron en la isla de Guanabo, a unas ocho leguas de distancia, pero fueron perseguidos, aprisionados y reducidos a la esclavitud. Mientras que la hermosa Anacaona cargada de cadenas, fue llevada a Santo Domingo.
Destrucción de una raza cautiva
Nicolás de Ovando, no contento con la aniquilación, se percató que faltaba Anacaona por ser asesinada y sometiéndola a un proceso, en el que no hubo más pruebas que las declaraciones prestadas en el tormento por sus súbditos, ni otros testigos más que los españoles, la condenó a muerte y fue ahorcada a la vista de todo su pueblo a quien tanto había amado y protegido. Así pagaron los españoles la deuda de gratitud que tenían con una princesa de la que solo habían recibido favores y que les había perdonado la muerte de su esposo, que no quiso tomar venganza durante muchos años, aun pudiendo hacerlo y donde numerosos europeos podían vivir tranquilos en su cacicazgo. Los españoles continuaron la devastación, con el pretexto de acallar la tuberculosis, por espacio de seis meses. Al cacique Guaora, sobrino de Anacaona, lo cazaron como una fiera en las montañas donde buscó refugio, para llevarlo a la horca. Era una constante la matanza de los habitantes de la isla.
Buscaban a los aborígenes en los lugares más ocultos y retirados en oscuras grutas o en lo más erizados de las montañas y allí los degollaban, diciendo que se habían reunido y armado para provocar la rebelión. Los que sobrevivieron quedaron en la mayor miseria y cuando la sumisión se convirtió en esclavitud, se declaró restablecido al orden. Nicolás de Ovando, fundó una ciudad a la que llamó "Santa María de la Verdadera Paz".

 

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