CRONICAS

PUERTOCABELLANAS

 

 

 

LA LEYENDA MENTIROSA
Como sucedió con el nombre de Patanemo, sucedió con el nombre de Puerto Cabello. Una leyenda le atribuye el nombre a la quietud de sus aguas, ya que supuestamente un barco podía atarse con un cabello.
Esta leyenda parece tener su origen en un libro escrito por el valenciano José Luís Cisneros, que fue publicado en España en 1764, donde expresa textualmente lo siguiente: "Es tan hermoso este puerto que su denominación manifiesta su quietud y por antonomasia se dice Puerto de Cabello, pues con un pelo se puede atar el más grande barco".
A pesar de que veinticinco años antes, en 1739, el francés Anselme Michel De Gisors, quien vivió en este puerto durante siete meses, había escrito que su nombre se le debía: "… a un español llamado Cabello, quien fue el primero en establecerse en esta plaza en la época de la conquista".
La controversia llego a tal extremo, que se vio involucrado en esta diatriba el sabio alemán Alejandro de Humboldt, cuando en Febrero de 1800, escribe: "Discuten en Puerto Cabello si el nombre de este puerto se debe a la tranquilidad de sus aguas, que no removerían un cabello, o bien, como es más probable, si ese nombre se deriva de Antonio Cabello, uno de los pescadores con quienes los contrabandistas de Curazao, habían ajustado íntimos compromisos en la época en que se iba formando el primer villorrio en aquella plaza media desierta".
Pero la falsa leyenda le ganaría a la realidad ante la opinión de los puertocabéllanos, cuando en 1881, la francesa Jenny de Tallenay, escribió: "El nombre de Puerto Cabello se resiente un poco de la exageración castellana. Le ha sido dado, según se dice, porque su puerto es tan tranquilo y seguro, que bastaría un cabello para amarrar un barco en cualquier estación".
Así a pesar de los esfuerzos por difundir la verdad, se le quito ante la opinión pública el aporte del nombre de Alonso Cabello para la ciudad.

LOS LECHEROS

Comenzando el siglo XX y hasta que comenzó la industria láctea, en Puerto Cabelló hubo lecheros ambulantes, que muy cordiales llevaban la leche desde los corrales de Goaigoaza, Borburata y La Salina, hasta las propias casas de los puertocabellanos.
Los cántaros repletos de leche, eran transportados en carros de mulas con rústicas enjalmas. Los vecinos cancelaban cada semana, quincena o mes, de acuerdo con sus posibilidades, siempre con reclamos de los vecinos por la baja densidad de la leche, y reclamos de los lecheros por la desaparición de los recipientes, en épocas de navidad y misas de aguinaldos o serenateros.
Estos lecheros acostumbraban complementar la cantidad de leche con agua de los ríos cercanos, cuando se les pasaba la mano y la densidad bajaba a límites intolerables, agregaban maizena o polvo de arroz para mantener el límite exigido por Sanidad, que los controlaba a través de funcionarios equipados con lactodensímetros.
A los infractores los citaban y sancionaban.
Circularon muchos rumores de romances entre lecheros y solteronas que los esperaban en las madrugadas. Las habladurías achacaban a muchos de ser hijos del lechero, aludiendo que su madre había tenido amores con Hinojosa, Romero, el catire Alberto, Santanita, el Gavilán o el Isleño (nombres de los lecheros porteños).

EL CURA MELITON
En la calle Valencia, vivió un solitario sacerdote que había perdido la razón; el pobre hombre, abandonado, sin familiares, ni amigos, sólo contaba con su refugio, aislado de la sociedad, con la permanente compañía de un gato y un perro sarnoso que en las noches pregonaba su hambre, ladrándole a las sombras.
El infeliz orate era conocido como el Cura Melitón, de nacionalidad española, supuestamente venido a nuestras tierras formando parte de grupos de religiosos enviados por España para reforzar las Iglesias Católicas de América, parece que se enfermo en la travesía y fue abandonado a su suerte en nuestros muelles.
Personas piadosas le brindaron asilo en aquel lugar de paredes mohosas, donde hizo un círculo de piedras para colocar un antiguo crucifijo.
En las noches, la débil luz de velas iluminaba al Cristo, mientras el padre Melitón rezaba en perfecto latín, los vecinos se asomaban por las hendiduras de la destartalada vivienda, autenticando la condición religiosa del viejo loco de la calle Valencia.
La duda surgía cuando aquel hombre, hacia algunas prácticas de raros exorcismos, acompañados de diabólicas gesticulaciones con impresionantes ademanes, finalizadas al agotarse totalmente su esquelético cuerpo, quedando extenuado sobre el sucio piso, donde las partículas de alimentos se confundían con ratones, cucarachas y otras alimañas.
Algunas personas asociaban a este personaje con el diablo y otros espíritus malignos, sobre todo, cuando el gato maullaba y el perro ladraba al filo de la media noche. Ignoraban que el pobre hombre se alimentaba junto con los animales, de las sobras que dos caritativas ancianas les suministraban diariamente, creyendo muchos vecinos que la subsistencia del presunto sacerdote, se debía a pactos secretos con el diablo.
Al sentirse el ladrido lastimero del perro y el aullido agorero del gato, las beatas exclamaban mirando al cielo: "Ya Melitón está invocando al diablo, Dios Sacramentado" y sacaban sus rosarios para ahuyentar a Satanás.

LOS PREDIOS DE PATANEMO

Los puertocabéllanos, son muy dados a dar explicaciones a lo que desconocen, con una autoridad tan convincente, que transcendiendo el tiempo termina haciéndose realidad para muchos. Este es el caso del origen del nombre de Patanemo, atribuido a una supuesta frase de Bolívar: "Paz tenemos". Cuando en los tiempos en que estuvo aquí nuestro Libertador, nunca tuvo paz ni sosiego.
Afortunadamente gracias a una fidedigna documentación y al espíritu escrutador del Dr. Asdrúbal González, quedo suficientemente comprobada la existencia del cacique Patanemo, quien enseñoreo estas costas, desde Yapascua y todo el sector que abarca el Golfo Triste, hasta las montañas donde encontramos el pico Hilaria, donde comenzaban los territorios de los Caciques Don Diego y Naguanagua.
Con esta leyenda mentirosa, estábamos desapareciendo al ultimo cacique kariña que enseñoreo nuestras tierras

 

 

LA PRIMERA BORBURATA
El 24 de Febrero de 1548, el Capitán Juan de Villegas, luego de llegar a un acuerdo con el Cacique Patanemo, funda una población entre áridos cardonales y resecas quebradas, a la que colocara un nombre de origen caribe; Nuestra Señora de la Concepción de Borburata. Llegaba Villegas a través de la serranía, luego de tomar posesión del lago de Tacarigua, hoy llamado de Valencia. Este poblado fue fundado cerca de la desembocadura del rió Gayángos, a dos kilómetros de su puerto ubicado en playa Quizandal.
Los indígenas pasaron a ser regidos por los nuevos pobladores y Patanemo se traslado con algunos súbditos hacia la zona de Vigirima, donde su nombre también bautizara un hato de Alonso Díaz Moreno.
Sin embargo, Borburata estaba predestinada a desaparecer en poco tiempo. Las frecuentes incursiones de piratas y corsarios, obligaban a sus habitantes desde 1555, a abandonarla e instalarse en la vecina Valencia.
Por lo tanto, a excepción del nombre, despues de mas de 180 años de distancia entre una y otra, no hay ninguna relación con la Borburata actual

 

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