Nelson Vielma
CRONICAS PUERTOCABELLANAS

 

 

FUE PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD

En 1908, tras la salida de Castro, se vislumbró un ciclo de libertades en Venezuela, pero al comenzar las primeras degradaciones se acabaron las esperanzas. Con Juan Vicente Gómez, el castillo comenzó a recibir a los desafectos del nuevo gobierno. La práctica común era que a la llegada de un prisionero, se le remachaban un par de grillos, impidiéndole su movilidad y soportando un tormento constante. Esto se agravaba en los dantescos e insalubres calabozos, con los tormentos físicos más atroces, denominados: el acial, el torniquete y el tortol, además del vidrio molido y el arsénico en las comidas.
Muchos eran unidos de por vida con un compañero por estas barras de hierro en sus tobillos, teniendo que caminar, dormir y hacer sus necesidades con el compañero de infortunio y se daba el caso de que cuando alguno de los dos muriese, el compañero convivía con el cadáver hasta por tres días.

EL MACABRO SORTEO

A los extremos llegaron las aberraciones de los españoles, que se realizo en este castillo un macabro sorteo, donde los carceleros apostaban introduciendo los nombres de unos prisioneros que serian deportados a Puerto Rico y un niño de doce años, con su mano inocente sacaba los papelitos con los nombres de los prisioneros para ser ejecutados, algunos de estos prisioneros fueron Norberto Morales, Pedro Antonio Montilla y José Gregorio Cabarroca. Se dice que la mano inocente fue la de Antonio Leocadio Guzmán, hijo del sargento Antonio Guzmán, destacado en el castillo.

 

PROBANDO LOS CALABOZOS

 

Porteños prueban calabozos…
Numerosos puertocabéllanos fueron a parar a los calabozos del castillo. Uno de los mas celebres fue Bartolomé Salóm, a quien según las consejas populares a diario veían pasar encadenado llevando barriles de agua hasta el Fortín de Solano. Otro porteño fue el carpintero José Goicoechea, quien dijo hallarse en su casa con su mujer y sus hijos y ser apresado sin cometer ningún delito; El músico Nicolás de Leyba, quien fue apresado mientras tocaba en un baile; También Dulio Aguirre, preso en 1813, saliendo de un baile después de las doce y el oficial de la patrulla le dijo que estaba prohibido estar después de las diez en la calle: Gabriel López, por pegarle a su mujer; Santiago Escorcha, por no pagar una deuda de cuatro pesos; José Rodríguez, por haber castigado a un demente; Luís Genaro, acusado de insurgente; José Núñez, por andar en la calle a las once de la noche; Vicente Pacheco, por salir de una casa a las tres de la madrugada; Juan José Sánchez, soldado del Regimiento Fernando VII, por faltar una noche a su cuartel; José Millán Herrera, sin saber el porque; Miguel Contreras, porque no tenia para pagarle al comandante de la patrulla que lo capturo. El descarado motivo que argumentaron para justificar la detención de Pantaleón Suárez, apresado a las cuatro de la tarde sin causa, cuando fue su padre a reclamarlo, le contestaron que estaban encarcelando a todos los hijos del país.

 

 

EL ORO DE TELESFORO

 

Borburata, desde la colonia tuvo fama de poseer ricos yacimientos de oro, sobre todo en las márgenes del río y en las montañas vecinas de San Juan y Patanemo. Algunos documentos de los primeros meses del siglo XX, testimonian la presencia en la región, de algunos sitios donde fueron extraídos pedazos del rico metal.
Telésforo Herrera, fue un personaje de leyenda que en 1831 contando 14 años de edad, tomó parte activa en la triste aventura conocida como "Rebelión de los Moroneros", cuyos dirigentes, una vez sofocada la insurrección fueron ejecutados en Puerto, en el lugar donde años más tarde la familia Kolster construyó su lujosa residencia.
El Tribunal Militar que conoció del caso en un amañado juicio breve, perdonó a Telésforo tomando en consideración su minoría de edad. Después a los 19 años se enroló en las filas de las tropas del General Zamora, destacándose por su extraordinario valor y audacia. Finalizada la Guerra Federal se residenció con su esposa en Valle Seco.
Entonces comenzó su leyenda, ya que desde los viernes por la tarde se internaba en las montañas regresando los lunes en la madrugada con extraños paquetes envueltos en hojas secas, cuyo contenido extraía meticulosamente, alejado de curiosos y hasta de su propia mujer. Eran pedazos de oro que luego vendía a joyeros de Puerto Cabello y Valencia a precios irrisorios, pero que le permitían sobrevivir.
Telésforo desconfiaba hasta de su sombra; pasaba los días sin tener contacto con nadie, apenas intercambiando algunas frases con su mujer. Los curiosos queriendo conocer sus secretos lo seguían al internarse en las selvas de San Esteban, Patanemo o Borburata, pero siempre Telésforo los perdía borrando sus huellas, muriendo pobre cerca de la playa de Patanemo, donde había construido una modesta casita y lo enterraron en el cementerio ubicado en las orillas del río y con él se quedó para siempre el secreto de sus misteriosas minas de oro.

 

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