El héroe caído de la Toma de Puerto Cabello


Por: Nelson Vielma.
En 1821, se efectuó la gloriosa batalla de Carabobo, sin embargo una orden emanada de la corona obligaba a los realistas a conservar a Puerto Cabello a todo trance como único lugar de asilo y baluarte para la reconquista de las provincias perdidas.
Y así sucedió, cuando con en el férreo cuadro del Valencey Miguel de La Torre se dirigió a su único refugio. Después de Carabobo, Puerto Cabello quedo como refugio de los españoles, quienes aspiraban con la ciudad fortificada someter a las colonias insurgentes, desembarcando tropas frescas, contra unos ejércitos patriotas exhaustos por trece años de sangrienta guerra. Para ello gestaban una expedición de dos mil quinientos efectivos, que saldría de La Habana, al mando del Almirante Ángel Laborde, sediento de venganza por la derrota sufrida meses antes.
Era necesario sellar la independencia y para ello quinientos venezolanos completamente desnudos, comandados por el Mayor Manuel Cala, protagonizaron la acción comando más suicida de toda la guerra independentista, sin posibilidades de escapar si fracasaban. El 7 de noviembre de 1823, salieron a las diez de la noche, atravesando los manglares desde el fuerte/polvorín del Trincherón y entraron en la ciudadela porteña, escenificando una hazaña sin parangón en la historia venezolana. Fue tan sangriento el combate, que en media hora dejo ciento cincuenta y seis realistas muertos, capturando al último Jefe del Ejercito Expedicionario de España en Venezuela y a todo su estado mayor.
Sin embargo esta acción fue posible, gracias a la participación de un hombre surgido de la más baja clase social venezolana. Un esclavo de nombre Julián Ibarra fue la clave para sellar la independencia venezolana. He aquí estimados lectores su historia.

 


No hay quinto malo


Entregada por una traición en 1812, Puerto Cabello nunca antes había podido ser tomada por asalto, con su muralla rodeando la ciudad y su gran cantidad de fortalezas era inexpugnable. El 23 de septiembre de 1823, el General José Antonio Páez, activo el quinto sitio contra este invulnerable bastión, intimando inmediatamente al comandante español Sebastián De La Calzada, al ofrecerle ventajosas garantías para su rendición, pero este las rechazo todas. La esperanza la constituyo la comunicación con una facción vecinal conspiradora dentro de sus murallas a quien Páez le solicito un guía que lo introduzca dentro de la fortificada ciudad. Es aquí donde por su petición, el comerciante Jacinto Iztueta, le envía a uno de sus esclavos, que conoce un paso por los manglares que se introducen dentro de la ciudadela (es falso que Páez sorprendiera a este esclavo al visitar a una novia en Borburata). De esta manera aparece en escena el esclavo Julián Ibarra, quien lograría con su participación el éxito del quinto sitio sobre Puerto Cabello.


El guía de la liberación


Este esclavo nació en la hacienda de los Ibarra en Borburata, hijo de esclavos traídos de Santo Domingo, allí lo mantenían trabajando en las plantaciones de cacao. Como era costumbre de la época adopta el apellido del amo, llamándosele Julián Ibarra. Con el paso del tiempo Jacinto Iztueta, lo compro por lo que su nombre devino a ser Julián Iztueta, pero la costumbre fue tan arraigada que se le siguió llamando Ibarra. Mientras Julián vivió en Borburata mantenía amores con una mulata de nombre Isabel Díaz y al pasar a su nueva casa dentro de las murallas de la ciudad, se trasladaba al poblado a visitar a su amada, eludiendo la alcabala de entrada al internarse por los manglares hasta salir cerca de la fortaleza del Trincherón, para de allí tomar vía Borburata. Conocedor su nuevo amo de estas andanzas, se lo envío a Páez como el práctico que necesitaba.
De esclavo a héroe
El 5 de noviembre, Julián Ibarra conduce al capitán Marcelo Gómez y a los tenientes del batallón Anzoátegui: José Hernández y Juan Albornoz, a través de los manglares, por la ruta que él solo conocía, con el agua al cuello tardaron dos horas en lograr exitosamente su cometido.
El 7 de noviembre a las diez de la noche, nuevamente se hace el recorrido, pero esta vez guiando una columna de quinientos hombres escogidos para entrar en la historia al sellar para siempre la independencia de Venezuela. La contribución de Julián Ibarra, hace de él un héroe de nuestra magna gesta.
Premiado por la patria
Una vez establecido el orden, el 16 de noviembre la patria premio a los que hicieron posible su liberación. A Jacinto Iztueta se le designo Alcalde de la ciudad y a Julián Ibarra, se le concedió la libertad y se le dio el grado de capitán efectivo del ejército republicano, con su paga correspondiente e igualmente en agradecimiento se le otorgo una mula.
Los regalos de la patria no concluyeron, cinco días después, a Julián se le da posesión de una casa en la principal calle de la ciudad, como lo expresa este decreto firmado por el propio Páez: “21 de noviembre de 1823. Se ordena al capitán Julián Ibarra, tomar posesión de la casa Nº 41 en la calle Colombia de esta ciudad, con preferencia a otra. Del mismo modo se acuerda, que cualquier persona que actualmente la ocupara, proceda a su inmediata desocupación. Cúmplase”, a esto se le suman quinientos pesos que le regalo el general Páez.


Se hecho a perder Julián


Puerto Cabello, retomo sus actividades comerciales y es un ir y venir de embarcaciones. Julián, se hizo asiduo visitante del Cuartel General, donde el ahora ascendido a teniente/coronel Manuel Cala le tomo sincero afecto al otrora esclavo de Iztueta, pero ya este oficial comenzaba a preocuparse por el comportamiento del negro Julián.
Julián había pasado de ser esclavo para ser capitán, esto le había cambiado su carácter, anteriormente sumiso ahora era un negro pendenciero, se había traído a vivir con el a Isabel Díaz, quien ya le había parido una hija y estaba preñada nuevamente. Pero Julián, también se había aficionado a la bebida, a los bares, a las galleras y al juego de envite y azar. Sus nuevos amigos eran los truhanes que siempre abundan en las ciudades portuarias. El juego de azar lo absorbió tanto que los quinientos pesos regalados por Páez, desaparecieron, al igual que lo ganado en la venta de la mula, por lo que estaba gestionando la hipoteca de su casa.

 

La masacre de Borburata


Federico Pantoja, un comerciante residenciado en Choroni, siempre mercadeaba en su pequeña embarcación con los pueblos vecinos. En esta ocasión viajaba en compañía de su esposa Damasa de Pantoja, su pequeña ahijada Inesita, una mujer de servicio domestico y tres marineros. Federico, acudió a un establecimiento vasco llamado “Esturrendo y compañía”, que contribuía a la estabilización de la economía porteña.
En este almacén concreto una transacción comercial el 24 de enero de 1824, recibiendo una gruesa suma en monedas de oro. Nunca imagino la ambición con que un amigo de Julián observaba el dinero producto de la transacción. Este le aviso a Julián de la gran cantidad de dinero que había cobrado el comerciante y decidieron seguirle.
En horas de la tarde se traslado en su balandra al puerto de Borburata, para de allí partir en la madrugada. Al caer la noche son vilmente asesinados por tres hombres a cuchilladas, son seis las muertes de esta salvaje acción, pero la niña Inesita, en el fragor de la masacre, se escondió entre la carga de la lancha sin ser vista, salvando su vida con esta acción. Gracias a la brisa marina, los gritos de las victimas fueron escuchados desde muy lejos por un barco patrullero comandado por el teniente Alejo Troconis. En apenas dos meses y medio, Julián pasó de héroe a malhechor.

 

 

El silencio de Juan Monasterio


Todo era estupor en el puerto de Borburata, el dantesco espectáculo hizo vomitar a no pocos soldados acostumbrados a escenas de muerte. Troconis hizo trasladar a la niña al Cuartel General. Se hizo un extraordinario rastreo de las zonas aledañas.
En un rancho en Quizandal encontraron al negro Juan Monasterio dormido, al despertarlo lo encontraron completamente borracho, su camisa y su pantalón estaban manchados de sangre. Al interrogarlo, alego no tener oficio fijo y al preguntársele por la sangre en su ropa, arguyo que había degollado un chivato esa tarde, pero no encontró la respuesta adecuada al preguntársele por el dueño del animal y se contradijo a cada momento.
Juan Monasterio, entro en un silencio profundo y a pesar de ser interrogado severamente se aferro en su sepulcral silencio en el calabozo.

 

Inesita y su crisis nerviosa


Pasado el tiempo y pensado olvidado el horrendo crimen, Julián Ibarra, salio de su refugio donde permanecía simulando una enfermedad reumática, producida por sus constantes incursiones por los fangosos manglares.
Pensaba Julián que el asunto estaba archivado por falta de pruebas contra Juan Monasterio, único detenido en el castillo por el crimen y se dirigió al Cuartel General a visitar al ahora coronel Manuel Cala, con tan mala suerte que en el despacho del oficial de guardia se encontraba Inesita, que desde el horrendo crimen vivía en el Cuartel. La pequeña ahijada de los Pantoja, al verlo lo reconoció en el acto como el cabecilla de los asesinos y presa de una crisis nerviosa gritaba sin cesar que Julián era el asesino de su padrino.
La agitación y el quebranto de la voz de Julián lo delataron y como si esto fuera poco, haciendo caso omiso de la orden de detenerse intento inútilmente salir del cuartel.

 

Con la esperanza en Páez


A pesar de pregonar su inocencia, su estado de nerviosismo lo delataba, por lo que el coronel Manuel Cala, lo traslado al castillo fuertemente atado y lo encerraron en una celda al lado del otro detenido: Juan Monasterio. En el calabozo le sobrevino a Julián una tranquilidad cínica, estaba convencido que el general Páez ordenaría su inmediata libertad cuando se enterase de su situación.
El tribunal se instalo presidido por el coronel Manuel Cala, pero integrado por oficiales que no participaron en la Toma de Puerto Cabello y por lo tanto no le conocían. La aptitud de Julián cuando se presento al tribunal era soberbia, altanera y segura de si mismo. Cuando carearon a los dos detenidos, negaron su participación en el crimen. Ibarra fue aislado de su cómplice, el juicio duro algunos meses, hasta que finalmente confesaron y delataron a José Bermúdez como el tercer asesino.
Julián Ibarra, José Bermúdez y Juan Monasterio, fueron sacados de sus calabozos, vestidos con pantalón y camisas blancas, un barbero los rasuro y antes de subir a la plataforma donde estaban las tres horcas, un sacerdote les administro los últimos sacramentos. De esta manera pagaron su dantesco crimen y Julián Ibarra, paso ha ser un héroe caído en la deshonra.


Nelson Vielma

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