@ SOY UN PERRO

   UOOK,  “ traducción”:   hola.   Soy un Perro.  Voy a contarles mi pequeña historia, pero antes me presentaré a ustedes.  Además de mis cuatro patas, orejas, hocico, rabo y todo lo demás, hasta ahora me he sentido muy agraciado.  Soy pequeño, pero no tanto.  Dicen los críticos que en algún momento de mi desarrollo, en lugar de crecer a lo alto, crecí a lo largo.  Aún así me siento muy ágil y fuerte.  Casi no tengo pelos y los que tengo son de color marrón amarilloso.  He oído decir que soy de raza cakri, o algo así:  debe  ser bueno.  Vivo solamente con un humano a quien lo asocio como mi dueño y amigo a pesar de nuestras diferencias.  Lo llamo El Jefe y él me llama Mayo, porque dice que me encontró abandonado en la calle en ese mes.  De eso no me recuerdo.
Vivimos en una casa que llaman Rancho por no tener friso, piso, pintura y otros detallitos.  No hay cuartos ni baño de humanos ni más nada.  Una sola pieza, una colchoneta ,  una cocinita y un tubo de guindar ropa.  En el frente hay una puerta tapada con trapos viejos y en la parte trasera hay otra puerta que tampoco es puerta porque no hay nada.  El Jefe dice que es el aire acondicionado. Cerca hay unos seis ranchos parecidos al nuestro.  Este sitio lo llaman Maurica.
Saliendo por la parte trasera, a poca distancia, está el mar.  Allí el jefe tiene anclado a tierra un peñero y yo tengo una mata de coco que adoro y me ejercito mucho levantando la pata para orinar.  Allí vivimos..
Los humanos piensan que somos pendejos, pero no saben que nosotros podemos hablar en nuestro idioma, pensar, sentir, en algunos casos leer y hasta escribir.  Eso sí, tenemos un código secreto que no nos permite dejar que sepan que somos inteligentes, sobre todo desde que vimos El Planeta de los Simios, nos pusimos más estrictos en eso.  Un perro vecino muy viejo y de quien dicen es medio inglés, me enseñó a leer y cuando le cuento algo él lo escribe, como esta historia. 
El Jefe siempre me lleva a pescar en el peñero, algunas veces vamos los dos y otras veces con un vecino muy desagradable.  Cuando va el vecino, saca unas botellas de aguardiente y toman hasta volverse como locos. Algunas noches en cambio, salgo con el Jefe a la orilla del mar, nos sentamos y él se toma el licor hasta dormirse en la arena.  Allí amanecemos y yo me divierto peleando con los cangrejos y bichos que se acercan. ¡ Que vida tan formidable!.
Una tarde el vecino llegó con una botella de aguardiente y se pusieron a tomar dentro del rancho.  El Jefe como siempre, al rato se quedó dormido y quedé solo con el vecino.  El carajo me empezó a ver raro, con avaricia y arrechera. El tipo se me acercó y empezó a sobarme la cabeza y en un descuido mío, me levantó y me metió muy rápido en una caja vacía de cartón que tenía el Jefe en la sala para echar basura.  Me encerró en la caja y salió del rancho. Luego de un largo trecho, alcancé a ver cuando el vecino hablaba con un viejo mugriento, lleno de grasa, quien le dio una botella de ron y éste le dio la caja donde yo estaba.  El mugroso cerró una puerta de hierro grande y tiró la caja al suelo haciéndome salir.  De inmediato dos perrazos grandes que allí se encontraban se abalanzaron sobre mí mordiéndome hasta sacarme mucha sangre.  El mugroso dijo:   a ver si te mueres como el otro que se dejó joder por estos dos, y se fue.  Por dos días estuve escondido debajo de un carro desarmado que estaba allí, recibiendo ataques de los perros y sin poder comer nada.  
En un descuido del mugroso, vi la puerta semi abierta y decidí escapar.  Lo logré.  Estaba en la calle y corrí como un galgo de ese infierno.  El hambre y sed me torturaban y al rato de caminar, vi unos humanos comiendo en un kiosco y a uno de ellos se le cayó algo de la boca en el piso.  Me acerqué a comer aquello y el hombre me propinó una patada en el hocico que me aflojó un diente y dijo:   “ Sale pa` allá perro el carajo “;   me hizo rodar como dos metros y no pude probar bocado.
Más adelante vi uno de mis hermanos  en el medio de la calle tendido pero aún vivo, en eso un camión pasó sus ruedas por su cabeza aplastándolo totalmente.  Aprendí que debía cruzar con extremo cuidado.  Rompiendo bolsas de basura y tomando agua negra de la calle, durmiendo donde fuese, pasaron cuatro días con sus noches.  Hasta pasé unas calles sin cuidado a ver si me aplastaban. Había dejado de luchar.  Así a pleno sol en mi débil andar, algo logró sobresaltarme.  Un olor por mi conocido, llamó mi atención.  El olor se hacía más fuerte en la medida que avanzaba hasta que súbitamente pude oler y oír el mar.  Vi un papel que un niño arrojó de un carro donde decía: “ El que dice que la felicidad no se compra, nunca se ha comprado un perrito”.  Lo ignoré y seguí.  No podía creerlo, ahí cerca estaban los ranchos y el mar, me acerqué como pude.  Vi al Jefe, estaba sentado frente al rancho y con las fuerzas que me quedaban, lo llamé con dos “ Guau, Guau”. Que lo sorprendieron. Me vio desde lejos, se levantó y corrió hacia mí. Hice lo mismo.  El me gritaba Maayoo… no le importó mi grasa, sangre y mal olor, me cargó, me besó y yo le lamí la cara. Él lo disfrutó.  Como no sé reír, pero mi felicidad era infinita, sentí que mi cola se movía como una hélice.  Estaba en casa. Al llegar en la puerta el Jefe había colocado un cartel que decía:   “ No maltrates a los animales·”   Entramos .   Guauu…
Narrado por:  Mayo
Escrito por: Oswaldo Martínez.
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