Doña Mencia y su Armada de mujeres

 


A pesar del canon de escribir solo de historia venezolana, que he impuesto a estas entregas, cederé a la tentación de escribir la interesante historia de la “Expedición Sanabria”, mejor dicho la de Doña Mencia de Calderón y su armada de mujeres, la cual presenta todas las características de una novela. Esta interesante historia sucedió en la conquista del Río de la Plata, donde el primer Gobernador Pedro de Mendoza, remonto los ríos y se asentó en las inmediaciones del río Paniagua, fundando la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción. Por más de veinte años este fue el único baluarte que poseyeron los españoles,  que vivían en total aislamiento, luchando extremadamente por subsistir.
El segundo Gobernador, Don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, no mejoró la situación; ya que por su incomprensión, los cambios que quiso implantar, con su desprecio por los indios y los mestizos, profundizaron la anarquía en la Asunción y motivaron su derrocamiento. Los Oficiales reales lo tomaron preso y fue enviado a España para dar cuenta de su Gobierno en el Río de la Plata.
Esta Provincia del Río de la Plata, con sus mil disturbios y sinsabores, preocupaba al Supremo Consejo de las Indias; fue entonces, que mientras Alvar era enjuiciado, Juan de Sanabria solicitó el titulo Gobernador.

Juan Sanabria el nuevo Gobernador y sus mujeres…
Una de las cláusulas mas importantes que le impusieron a Sanabria, le ordenaba llevar cincuenta mujeres: casadas y doncellas, para poblar La Asunción. Su esposa Doña Mencia de Calderón, decidió acompañarle y otras damas de Extremadura se sumaron con entusiasmo, siguiéndoles habitantes de Medellín, Cáceres, Trujillo, Badajoz y otros pueblos, comenzando los aprestos de la expedición en Sevilla.
Pero Juan de Sanabria, se enfermo y murió antes de zarpar la expedición. Doña Mencia, entonces decidió continuar la empresa de su esposo y solicitó para su hijo Diego, que apenas contaba veinte años, el título de Gobernador que le habían concedido a don Juan.  Surgieron muchos inconvenientes, el retraso en zarpar tenía muy preocupado al Supremo Consejo de Indias, pues una flota portuguesa, al mando de Alfonso de Souza, había zarpado rumbo al Río de la Plata, evidentemente con la intención de posesionarse de esas tierras.

Y zarpo Doña Mencia a las Américas…
Doña Mencia decidió entonces salir antes que su joven hijo y en tres bajeles se embarcó con su hija, las damas y las doncellas. Su travesía fue muy azarosa, ya que fueron robadas por piratas franceses, por lo que tardaron ocho meses en arribar a las costas del Nuevo Mundo. La borrasca separo a sus barcos; fueron asaltados por piratas, la escasez de alimentos y de agua dulce hizo estragos entre los pasajeros, parecía perdida toda esperanza cuando llegaron a divisar la isla de Santa Catalina.  
Cuando llegaron a ese puerto, las naves estaban inservibles y con el despojo y lo que hallaron en tierra construyeron un bergantín. Más de un año permanecieron en la costa, asediadas por las feroces tribus antropófagas. No pudiendo finalmente sostenerse, por si solas aceptaron la ayuda de los portugueses, que las transportaron a la Capitanía de San Vicente.

La mala suerte de Diego
Mientras tanto, su hijo Diego de Sanabria, que zarpó poco después que su madre, fue arrastrado por el viento hasta la isla de Margarita en Venezuela y de ahí hizo llegar  al Consejo de Indias sus noticias, pidiendo ser socorrido con nuevos bajeles para trasladarse al Río de la Plata. El Supremo Consejo de Indias, que no tenía noticias de Doña Mencia, decidió negar a Sanabria cuanto pedía y le anunció la expiración de sus títulos y mercedes, por lo que se dirigió al Perú, donde lo mataron los indios, cuando intentaba dirigirse por tierra a la Asunción.

Doña Mencia, no se da por vencida…
Doña Mencia y su gente, confinados en la Capitanía de San Vicente más de un año por los portugueses, permanecieron allí hasta que al fin llegó un emisario del Rey de Portugal con el permiso de tránsito, fue entonces cuando se enteraron de la muerte de su hijo, de la expiración de sus títulos y del nombramiento de Domingo Martínez de Irala,  como Gobernador del Río de la Plata. Este fue un duro golpe para doña Mencia, todo lo había perdido, más no desmayo.
Sin esperanzas de reunirse con su hijo y no pudiendo permanecer en la costa, donde le quedaba solo su grupo de mujeres, decidió atravesar la selva para alcanzar su destino: la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción.
Estas admirables mujeres con sus niños, recorrieron a pie el enorme territorio que se extiende desde la costa atlántica hasta la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción. Caminaron unos 400 kilómetros por tierra desconocida. Quienes conocen la selva del  Amazonas y del Matto Grosso, quedan pasmados de asombro  y admiración ante estas heroicas mujeres, que no se rindieron ante los incontables peligros y padecimientos, ni tuvieron temor de enfrentarse con los salvajes indios Tupíes y Guaraníes, que vivían como enemigos en esa región.

Doña Mencia se aprovecha de la enemistad de los indios
Los Tupíes permanecían en la costa, mientras que los guaraníes en el monte, el odio entre tupíes y guaraníes, en cierto modo fue providencial para las mujeres expedicionarias, que hallaron en las tribus guaraníes .sus mejores aliados y juntos lucharon contra los salvajes tupíes.
Estos tupíes se aliarían años después con los portugueses y asolarían las misiones jesuitas, aniquilando a sus pueblos. Esta región del Guayrá, era entonces el centro del imperio guaraní. En sus correrías por la selva, los indios mantenían abiertos los estrechos caminos, llamados picas. Una de estas picas se extendía desde la costa al salto del Iguazú; la otra cruzaba la sierra en dirección al salto de Guayrá. Estos dos saltos o cataratas son portentosos y todo el mundo ha oído hablar de ellos.

Las picas de santo Tomás
La expedición de doña Mencia tomó el otro camino y se encontró con el estupendo salto del Guayrá; de ahí cruzaron al Paraná y prosiguieron viaje rumbo a la Asunción.
Cuenta la leyenda que el Santo Apóstol Tomás llegó, mucho antes que los conquistadores, a estas tierras y abrió para ellos el camino de la selva. Lo cierto es que, cuando llegaron los conquistadores, los indios les hablaron de Fui Sumé, y sus señas coincidían con las del Santo Apóstol, otras versión sobre estas picas, abiertas en medio de la feraz vegetación que todo lo devora, es que los indios, antes de emprender sus caminatas, se untaban los pies con unas semillas oleaginosas, que a medida que se internaban por el bosque iban dejando en el suelo y estas semillas crecían y se propagaban en forma sorprendente. Las picas eran objeto del cuidado de las tribus guayreñas, pues eran vías de comunicación entre sus gentes.

Una alianza que favorece…
Los caciques de estas tribus, enterados por los Caribes de la presencia de los blancos, nuevos pobladores de la Asunción y del respeto que éstos inspiraban con sus armas de fuego, caballos y perros, habían ido a rendir vasallaje al Gobernador Irala y al mismo tiempo a pedirle ayuda para defenderse de las incursiones de los tupíes. Estos, protegidos y azuzados por los portugueses, se volvían cada día más audaces y belicosos, Irala prometió ayudar a los Caciques y esta circunstancia favoreció  el paso de doña Mencia y los suyos, pues pese al fiero aspecto ‘de los indios que encontraron en esos cinco meses a través de la selva, no tuvieron que hacer frente a sus ataques, antes bien los guayreños les ofrecieron alimentos y un descanso al borde del río y les ayudaron a construir un refugio de madera, que los españoles apodaron el Asiento de la Iglesia.

No debió ser nada fácil…
Pero a pesar de que estos indios eran mansos, debieron ser muchos los incontables peligros y penurias que tuvieron que sufrir estas mujeres y sus niños por la selva virgen, las fieras, las alimañas, las picaduras de insectos, el clima, serpientes y boas monstruosas, jaguares, cerdos salvajes y hormigas.
No cabe duda que el Apóstol Tomás, debió proteger a doña Mencia en su marcha. A los cinco meses, su armada arribó a la Asunción. Puede suponerse el asombro de los españoles, que nada sabían de ellas. En total habían empleado cinco años para llegar a su destino, desde el día que partieron de Sevilla.  Es interesante hacer notar el linaje de estas damas. En su mayoría pertenecían a nobles familias extremeñas y de ellas nos hablan las Crónicas Trujillanas del siglo XVI, manuscritos recogidos y comentados por Miguel Muñoz de San Pedro.
La pequeña Isabel de Contreras, de unos ocho o diez años de edad, se embarcó con sus padres en esta expedición de doña Mencia. Esta niña se casará después en el Paraguay con Juan de Garay, el fundador de las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires. Las dos hijas de Doña Mencia: María y la pequeña Mencia también se casaron y dieron a esta ilustre dama numerosos nietos; entre ellos Hernando de Trejo y Sanabria, que nació en la costa, este niño, llegará a. ser obispo de Tucumán.
Ahora amables lectores, después de leer esta interesante historia ¿valió la pena, romper la tradición de solo escribir de la historiografía venezolana?
Nelson Vielma

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