La identidad absorbida

Por: Nelson Vielma    

 

 


Una inmensa y dolorosa procesión de hombres, mujeres y niños, que avanzaban gimiendo hacia la costa de Guinea, en el África Occidental, se vio a lo largo de los siglos XVI, XVII y VIII. Maniatados venían estos infortunados seres, arrancados de sus pueblos en Senegal, en Sudan, en el Congo, en Angola y en la propia Guinea y eran embarcados hacia los mercados de esclavos en las indias occidentales. Durante tres siglos fueron perseguidos los africanos en una cacería implacable, organizada y mantenida como un comercio por las naciones europeas. Los reyes de España cedieron al mejor postor la licencia para hacer negocios con los africanos en todo el imperio que habían creado en América.

Destruyendo culturas milenarias
Desde las factorías de seres humanos, que habían levantado a todo lo largo de las costas de Guinea, penetraron los cazadores blancos acompañados de socios africanos, que por una miserable paga en armas y aguardiente, asolaban a las poblaciones agrícolas o de pastores. Desarraigaban a estos seres de sus núcleos familiares. Cuando desolaron de seres humanos, las tierras que estaban más cercanas a los puertos, invadieron mayores territorios y la crueldad de su codicia fue desmoronando a las sociedades africanas. Los llamados negreros acabaron con las avanzadas industrias de los metales, de las cerámicas y de los tejidos, que por muchísimos siglos habían alcanzado estas culturas antiguas de singular refinamiento. Los vastos imperios de los mandingas, de los bantúes, de los achantis y de los dahomey, vinieron a unir su sangre a la nueva raza que nacería del sufrimiento implantado por el cruel invasor español.

La marcha de la muerte
Encadenados, azotados hambrientos y a veces moribundos, caminan bajo el inclemente sol, los senegaleses, los loándos, los minas, los yoruba. Seres humanos arrancados de cien pueblos, van en manos de los ingleses, o de los franceses, o de los genoveses, o de los portugueses, no importa, el trato es el mismo, la crueldad es la misma. Son agentes de fuertes compañías, en algunas de ellas tienen acciones los reyes.
La brutal mezcolanza de clanes y de familias, se disgrega al llegar al puerto de la manera más inhumana; el padre ira a la Nueva España, la madre a Brasil, los hijos a las islas del Caribe o a la Tierra de Gracia. Los lastimeros y desgarradores gritos de consternación ante la separación de lo mas sagrado, eran callados por el cruel látigo, convirtiéndose en gemidos mas intensos aun.  Nada importa, ahora los blancos decidían sobre su vida o su muerte.

La infernal travesía
Seres de todas las edades, encadenados caen en las pestilentes sentinas de las embarcaciones que esperan para engullirlos. La mitad morirá en la travesía, victimas del hambre, las epidemias y el mal trato. Reyes de grandes tribus, van ligados a simples súbditos de otros reinos, a quienes no entienden por hablar otra lengua, esta es una acción premeditada de sus captores, para evitar conspiraciones.  Si el trato en la travesía terrestre fue inhumano, el de la travesía marítima será espeluznante.
Los que por hambre solicitaban la liberación de sus tormentos, se encontraran  con unos instrumentos producidos por la industria inglesa, que les rompía los dientes, para luego dárselos de comer. De dos barcos negreros que se están aprovisionando en las costas de Caracas, mueren cincuenta desdichados en veinte días. Hay una ley que impone que para comprar la mercancía humana, se debe esperar cuarenta días y así saber cuantos de estos infelices seres morirán, por los efectos del traslado desde África. Ahora serian dos continentes que oprimiría la mano del hombre blanco.

La raza fuerte y dócil
El terror en la travesía ha hecho su efecto. Los africanos son fuertes y dóciles, soportan duros trabajos y se amoldan con facilidad a los deseos de los amos.
Con las poblaciones indígenas diezmadas por la conquista, los negros vinieron a solucionar muchos problemas. Así lo pensaba frai Bartolomé de Las Casas. El corazón de este soñador incorregible, le decía que esta dócil y fuerte raza redimiría a los indios de la dolorosa condición a que los habían reducido. Es por ello que conjuntamente con los padres jerónimos, apoyaron enérgicamente el tráfico de africanos para ser esclavizados. Pero a pesar de este manifiesto apoyo, fray Bartolomé no fue iniciador de la trata de negros en América, como tantas veces se ha repetido en la historia. Para 1503, ya había esclavos en Santo Domingo, además que también viajaron en los primeros años negros libres nacidos en la península española. Sin embargo esta vez vendrían en grandes contingentes como política de estado.

Los gustos del cliente
La tierra de Gracia (Venezuela) requería de tres mil  esclavos, con edades comprendidas entre quince y veinte años, para distribuirlos entre Santiago de León, Valencia del Rey, Nueva Segovia y Trujillo. Pero también se quería que fuesen: biafras, branes, banolas, mandingas o zapes. A los de Angola no los querían, preferían que vinieran de los ríos de Guinea. Mientras más disgregado fuesen mucho mejor, así se doblegarían más fácil a la esclavitud. Estos seres deberían romper sus vínculos con África, con su tribu, con su lengua y con su familia.

La oprobiosa mercancía
La mercancía humana en que fueron transformados estos seres humanos, alcanzaba límites detestables, podemos leer en los libros fiscales de los puertos: “Los que si han quedado por vender son algunos de los viejos y otros chiquiticos. Los de cinco a siete años, creen los oficiales que podrán dejarse hasta por veinte pesos”. Con una frialdad espeluznante, eran asentados en los libros como si se tratara de cualquier otro producto comercial: “…Otras diez crías que vinieron en los pechos de las madres, junto a ciento veintidós esclavos y dos dientes de elefante”.

Comienzos de la nueva raza
A pesar de que las leyes ordenaban que no vivieran los negros con los indios y se les castigaba con rigor si estuviesen en sus pueblos o tuviesen cualquier tipo de contacto, en las haciendas de los blancos donde algunos negros han subido al rango de capataz o en las ciudades, el contacto es cada vez mas intimo y mas frecuente. Comenzando las indias a parir de los negros a un nuevo elemento del crisol humano: el zambo, que nacía libre, porque la india no era esclava y de acuerdo a la ley, el vientre libre daba hijos libres. Pero también las negras les parían a los amos, produciendo a los mulatos que por venir de vientre esclavo, asumían la condición de esclavos. De esta manera y sumados a los mestizos que nacieron de la unión del blanco con la india, comenzó a surgir en Tierra de Gracia, una nueva raza, que llevara el nombre de raza parda.

El sincretismo religioso como solución
Se hizo un gran esfuerzo por eliminar el África del alma del negro, lo disgregaron, lo bautizaron, le enseñaron el catecismo, lo enseñaron a rezar y lo hicieron oír misa. Sin embargo de esa religión mal dirigida, los negros tomaron lo externo, lo vistoso y lo atrayente, dejando por dentro sus prácticas mágicas.
A los negros achantis, los llamaran minas por el tambor que ellos trajeron. Los mandingas, a quienes consideraban más malos que el diablo, trajeron su tambor de la montaña, el kukbatá. Se cree que este es el tambor utilizado en Barlovento denominado curveta, proveniente de las palabras mandinga: “kuk=cerro y batá=tambor”.
Los africanos se apropiaron de Corpus Christi, de San Pedro y sobre todo de San Juan, a quien llamaron Guaricongo y por quien rugieron los tambores inquietando a toda la Tierra de Gracia. Porque con el conjuro de sus tambores y con las frenéticas y lascivas danzas de la siembra, de la recolección y de las iniciaciones, resucitaron a sus ancestros.

Los Negros Horros
Los negros esclavos podían alcanzar la libertad comprándola al rembolsar lo que se había pagado por ellos y los amos no podían negarse. Sin embargo existió una dolorosa forma de alcanzar la libertad y esta fue la senilidad del esclavo. Los famosos “Negros horros” de que tanto hablan los documentos de la época, eran los negros libertados.
Los esclavos se ofrecían a la venta en una especie de subasta, donde se fijaba el valor de acuerdo a factores como su edad, su salud, su docilidad y su fortaleza. Los más codiciados eran aquellos con edades entre catorces y treinta y nueve años. Pero una vez que el esclavo llegaba a anciano se convertía en una carga para su amo. Su valor se despreciaba, a lo que se unían sus achaques y enfermedades, que no los hacían aptos para un trabajo productivo. Bajo estas condiciones, liberarlos representaba para sus amos la solución, pero para ellos representaba un problema más en su desgraciada vida, ya que lo condenaba una vez liberado a la mendicidad.

Los conquistadores negros
En los primeros días del año, 1600 los jirajaras que se alzaron en Nirgua y amenazaron a la Valencia del Rey, no encontrándose españoles dispuestos a pacificarlos, por lo que el gobernador Alonso Arias Vaca,  recurrió a los negros: “…que la dicha población y castigo se haga por medio y manos de mulatos libres y morenos, ansí mesmo libres que hay en esta gobernación y que el capitán y oficiales de guerra que se nombren sean de ellos”. En vista de los grandes riesgos para reducir a los aguerridos jirajaras, los negros pusieron sus condiciones, al solicitar que: “los mulatos horros, zambaigos y morenos, sus hijos y descendientes y todas las demás personas de este genero, queden exentas de pagar los requintos que cada un año deven o devieren a su majestad en cualquier manera y que este asiento y capitulación sea perpetuamente”. Además de estas demandas, pidieron que en el pueblo que se fundara después de pacificados los indios, los negros sean alcaldes y regidores, desempeñando también todos los cargos que sean necesarios. Entre ellos se  repartirían los solares, las estancias y las encomiendas de los indios.
Las demandas debieron ser fuertes porque el gobernador las acepto, haciendo apenas la salvedad de que siendo aquella provincia libre no deberían aceptar a ningún negro cimarrón. Los negros conquistadores aceptaron dar aviso si un negro alzado llegase (Este documento fue visto en el Consejo de Indias y se conservan copias en nuestro Archivo Nacional de Historia). Como era de esperarse estas peticiones nunca fueron satisfechas, tendrían que esperar los afrodescendientes a Boves en 1814 y más tarde a la Guerra Federal, para vengarse de estas y otras injusticias con grandes degollinas de blancos.

De soldados a bandidos y mendigos
Al establecerse la Republica de 1811 se dejo vigente la esclavitud, pero cuando estallo la guerra los realistas ofrecieron a los esclavos la libertad y a los pardos equipararlos con los criollos y así avivaron los resentimientos sociales que originaron grandes matanzas. Los patriotas entendieron que si querían ganar la guerra era necesario contar con el apoyo de los desposeídos y gracias a esto Bolívar propuso en 1816, declarar la libertad de los esclavos y sus familiares si se incorporaban a las filas del ejercito, así como repartir los bienes nacionales y tener derechos sobre algunas propiedades.
Pero al terminarse la guerra los soldados patriotas pasaron a engrosar los sectores de jornaleros a quienes las ordenanzas y reglamentos de policía obligaban a trabajar por bajos salarios, adquiriendo deudas para poder sobrevivir que pasaban de padres a hijos. Esta injusta situación hizo que se dedicasen al bandidaje o la mendicidad en campos y ciudades.

Peor que esclavos
Además de la situación antes descrita de los soldados del ejército republicano, las condiciones de los esclavos no cambiaron en nada, ya que en el Congreso de la Republica, predominaron los intereses de los propietarios y terratenientes, prolongándose la esclavitud hasta 1854, cuando el gobierno indemnizo a los dueños de esclavos y a los patronos de los manumisos.
Esta situación en nada beneficio a los pobres esclavos, pues ahora el amo, no estaba obligado a alimentarlos, ni a vestirlos, ni a curarlos de enfermedades. Con un mísero pago que no le alcanzaba para vivir deberían endeudarse con el patrón y esta deuda pasaba a sus hijos que nacían endeudados o en pocas palabras, nacían peor que esclavos. Estas injusticias traerían las necesarias luchas de clases que agobiarían el siglo XIX y sus secuelas se mantendrán hasta nuestros días, en espera de las reivindicaciones sociales necesarias.
Nelson Vielma    

 

Regresar?