La identidad impuesta

 

 

 

 

 

Cuando Cristóbal Colóm preparaba su tercer viaje al nuevo mundo le fue difícil conseguir voluntarios que quisiesen aventurarse en esa expedición. Por dos veces había regresado el almirante con un puñado de pepitas de oro y perlas. El desastre de los primeros pobladores de La Española, que perecieron todos a manos de los indios, no pudo ser apaciguado ni con loros, ni con guacamayas, ni con unos hombres desnudos de piel cobriza.
Para conseguir expedicionarios tuvieron los reyes españoles que indultar a los presos: “quelesquiera muertes o feridas e otros cualesquier delitos de cualquier natura e calidad que sean…”. De esta manera los primeros españoles que llegaron a la llamada Tierra de Gracia (Venezuela), fueron delincuentes extraídos de las cárceles de España.
Miguel de Cervantes, el afamado autor del Quijote de La Mancha, escribiría al respecto de Las Indias: “…refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres libres…”. Este escrito nos da idea de la naturaleza de los que poblaron Venezuela.

Se vende un paraíso
Fray Juan de Quevedo, nombrado obispo de Darién, tuvo que hacer uso de toda su elocuencia para obligar a la gente a embarcarse para Las Indias Occidentales, les narraba este fraile cosas maravillosas y les prometía de todo: “contaba cosas inauditas y para mover a los codiciosos, prometía galardones y tesoros de que ninguna certenidad ni verdadera información había”. Aun el iluso fray Bartolomé de Las Casas, aceptaba expedientes parecidos para su aventura en Cumana. Los curas, los predicadores y las justicias de los pueblos españoles, recibieron órdenes de ensalzar en el pulpito y en las plazas públicas las excelencias de Las Indias: desde la fertilidad del suelo, hasta la bondad del clima y la seguridad del viaje. El Consejo de Indias, en su empeño de arrastrar gente a esta aventura, mando a pregonar por castilla que se harían mercedes a los labradores que vivían mal y pagaban muchas rentas, si se decidían a embarcar para Las Indias.

El alucinante espectáculo
Cuando llego a España el botín que Hernán Cortés envió desde México, cuando Cubagua recibió el nombre de La Islas de Las Perlas y cuando se apilaron en la Casa de Contratación los tesoros peruanos, creció el entusiasmo como la espuma, para luego desvanecerse con la misma facilidad.
Veamos esta descripción que Francisco Ariños, hacia de los tesoros que llegaban a España: “En 22 de marzo de 1595, llegaron al muelle del rió de Sevilla, las naos de plata de Las Indias y las comenzaron a descargar y metieron en la Casa de Contratación, trescientas treinta y dos carretas de plata, oro y perlas de gran valor. El 8 de mayo de 1595, sacaron de la capitana, ciento tres carretas de plata y oro y el 23 de mayo del dicho año trajeron por tierra, de Portugal, quinientas ochenta y tres, cargas de plata, oro y perlas, que sacaron de la almirante…que en seis días no cesaron de pasar carretas de la dicha almiranta, por el puente de Triana”.
Pero a pesar de este alucinante espectáculo, por aquellos mismos días, para la aventura de El Dorado de Antonio de Berrio, Domingo de Vera tuvo que reclutar incautos lejos de Sevilla y de las costas donde ya estaban las gentes desengañadas.

El pueblo de Dios
Los que viajaban a Las Indias, definitivamente eran unos aventureros en cierta medida desesperados. Los había de todos los estratos de la sociedad española, entre ellos se podían encontrar los famosos hidalgos y plebeyos, soldados, mujeres de mal vivir, labriegos, clérigos, poetas, letrados y analfabetos. Algún señor traía con sus esclavos, pero para ser honor a la verdad, de España también vinieron negros libres, pero a todos los unía un sentimiento bien arraigado: eran extremadamente católicos y leales vasallos de su rey.  Estos dos sentimientos estaban robustecidos por su reciente lucha frontal en contra de: los moros, los turcos y los judíos. Según decía Menéndez y Pelayo: “España, era o se sentía el pueblo de Dios y cada español, cual otro Josué, sentía en si fe y aliento bastante para derrocarlos muros al son de las trompetas”. Las consecuencias de estos dos sentimientos lo iban a sufrir en carne propia los desnudos habitantes de América.

El legado del caballero
A la Tierra de Gracia (Venezuela) no vendría la alta nobleza, los condes y marqueses, aparecerán siglos después, cuando los “Grandes Cacaos”, puedan pagarse esos títulos con buenas monedas de oro.
Pero si vendrán los Caballeros: de Santiago, de Alcántara y de Calatrava, que eran las cenizas de aquellas viejas  castas, de la época cuando Isabel la Católica eras apenas una niña. Estos caballeros que quitaban y ponían reyes, vendrán como simples gobernadores de provincias. Pero si en España habían caído en decadencia, aquí impondrían sus antiguos privilegios, estableciendo injustas diferencias entre la sociedad venezolana, al imponer un nuevo feudalismo de manera atroz.

El legado del hijodalgo
Un peldaño mas bajo que el caballero, estaba el hidalgo de limpia casta y generación, porque se nacía hidalgo, mientras que a caballero ascendía cualquiera con ayuda del rey: “Puede el rey hacer caballeros, pero no hijodalgo”.  Por un lado miraba el hidalgo con soberbia hacia arriba, al rey y al caballero y por otro lado mirara hacia abajo, con desprecio a la plebe. Con esta formula el sufrimiento de la sociedad colonial comenzaba a hacer acto de presencia.
Será el hidalgo un personaje altamente difícil para amoldar en nuestra sociedad. Será un personaje de alma henchida y el estomago vació. Esta condición tan contradictoria será transmitida de padres a hijos. El desesperado hidalgo, que no tenía herencia, se hacia soldado, o clérigo, o magistrado, pero no trabajaría. El cronista del Consejo de Indias López de Velasco, escribió al respecto: “…comúnmente se ha inclinado a pasar de estos reinos a aquellos los hombres enemigos del trabajo y de ánimos y espíritus levantados y con codicia mas de enriquecerse brevemente mas de que perpetuarse en la tierra…y así se tiene esta gente de mucho inconveniente para la quietud y sosiego de la tierra y por eso no se la da licencia a pasar a ella, sino a los menos que se pueda”.
Sin embargo, abra sus excepciones, como aquel personaje a que se refiere Juan de Mal Lara: “Preguntado uno que era caballero, que fue a Las Indias y regreso rico: ¿Cómo ganaste de comer?, el respondía: Pues quitándome el don”.

El legado del clérigo
Como a los indios había que conquistarlos al mismo tiempo para el rey y para Dios, junto con los hombres de guerra salieron los clérigos. Y como de todo hay en la viña del señor, no es extraño encontrar grandes contrastes en los hombres que vinieron a sembrar la fe.
Hubo un clérigo llamado Juan Garcés, que exhibió toda la gama de la clerecía indiana, ya que fue al mismo tiempo: conquistador, rico encomendero, asesino, fraile arrepentido y mártir. Junto a la virtud avasalladora y agresiva de Bartolomé de Las casas, encontramos la aptitud perezosa de Rodrigo de Bastidas. Junto a los frailes de Cumana, que esperaron junto al altar el hachazo que los enviaría a los brazos de la Santísima Trinidad, encontramos a aquel fraile compañero de Federmann, arremetiendo contra un tigre en lo más espeso de la montaña.
Vino fray Antonio de Alcega, quien encontró fácil imponer la fe en nuestros aborígenes:”tengo hasta hoy quemados por mi mano 1.114 santuarios”. Vino también fray Pedro de Agreda, quien convoco el primer Sínodo Diocesano de Venezuela, que según los entendidos en la materia, fue un gran paso para la iglesia católica. Este fraile se pasó toda la noche de una Pascua de Navidad, con cinco frailes y seis mujeres, tomando y bailando “La Chacona”, considerada una diabólica danza. Fue tan popular esta velada que un  romance del siglo XVII se creo al respecto, veamos parte de la letra: “…el obispo que los vido/ mandoles cantar dos coplas/ apenas cantaran una/ el obispo se alborota/ levanto luego el roquete/ y bailo mas de una hora/ alborotando la casa/ cocinas salas y alcobas/ todas las cosas contentas/ bailaron cinco o seis horas”.

El legado del bachiller
Los conquistadores que dominaron con su empuje y bravura la naturaleza salvaje de América, se doblegaron y gimieron bajo la vara de los hombres de la ley. No había en Las Indias ni un cabildo, ni un gobernador, que no buscase amparo en el rey, contra estos desmedidos bachilleres. Lope de Aguirre en un arrebato de cólera le escribió al gobernador Collado: “Malditos sean todos los hombres, chicos y grandes, pues consiente que entre un bachiller donde ellos trabajan y no los matan a todos”. Pero no era Aguirre el primero que se expresaba de esa manera, el prestigioso Vasco Núñez de Balboa, después de anunciar al rey el descubrimiento del Océano Pacifico, le aconsejo lo siguiente: “Vuestra Alteza, mande a proveer que ningún bachiller en leyes pase a estas tierras, so una gran pena, porque no ha pasado ninguno que no sea diablo y tenga vida de diablo”.  
Los señores de la Audiencia de Santo Domingo, distribuían los cargos entre sus parientes, amigos y criados. Con estos cargos se pagaban deudas y favores. Bastaba un chisme para que sea despachado un juez, con escribano y alguacil y pesquise asuntos que bien podía resolverlos el ayuntamiento o el alcalde. En un imperio donde ni los obispos, ni los gobernadores, recibían su sueldo completo y a tiempo, los únicos que se hacían pagar su labor eran los piratas, los corsarios y los bachillere de la ley.
A Venezuela vino un juez llamado Laguizamón, que fue el azote de la provincia. Llegaron a tanto sus abusos que hubo que traer a otro juez que lo pesquisara a él, pero este nuevo juez hizo tantos agravios y desatinos, que los venezolanos se olvidaron de la faltas de Laguizamón. Ante esta desesperante situación vino un tercer juez, pero veamos lo que al respecto escribió el gobernador Osorio: “…que forzosamente a de buscar culpas, aunque no las halle y será posible, yo así entiendo, que el juez que al presente queda, dará ocasión para que otros y otros vengan…”.
En relación a los españoles que vinieron a Venezuela en los siglos XVI y XVII, hay muchas amplias crónicas, ellos no fueron ni santos, ni letrados, ni gobernadores. Fueron simples hombres y mujeres del pueblo y padres de todos los pueblos de América.
Nelson Vielma

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