La identidad perdida

 

 

 

 

 


Para un estudiante venezolano, la historia de nuestra nación, comienza con la llegada de Colón, en 1498. Esto es lamentable, porque nuestros padres nos enseñaron y nosotros enseñamos a nuestros hijos una historia escrita con la óptica de quienes nos sometieron, presentando a nuestros aborígenes como los obstaculizadores de las hazañas de nuestros conquistadores.
Sin embargo, cuando el conquistador español, llego a los territorios que hoy se denominan Venezuela, encontró que por todas sus costas y tierra adentro, hasta las cabeceras de los grandes ríos, existían rocas, donde a través de muchos siglos, se habían grabados unos indescifrables símbolos. Las superficies de estas grandes rocas, estaban llenas de puntos, líneas, rectángulos, triángulos, lagartos, aves, ranas, elementales, espirales, caras, huellas de manos o dibujos de pie.
Algunas de estas grandes rocas, se encuentran a grandes alturas, en sitios inasequibles para un ser humano. Cuando el Barón de Humboldt, quiso saber como pudieron subir esas inmensas cumbres para grabar esas piedras, los aborígenes le respondieron, que en la época de las grandes aguas sus padres navegaban en canoas a esas alturas. Le estaban refiriendo nuestros antepasados al barón de Humboldt, nada menos que, los remotos tiempos de las grandes inundaciones cataclísmicas, sucedidas en el planeta  y que terminaron aproximadamente hacia unos ocho o diez mil años. Estimados lectores, en esta entrega, les recreare la historia que nos arrebataron los invasores.

Los tiempos del Dios/hombre Amalivaca
Ellos le hablaban al barón, de cuando la “Kata Manoa”, (Gran Laguna) cubría la tierra y en su canoa navegaba el gran creador de los hombres: “Amalivaca”. Humboldt, quedo maravillado, porque como científico sabia que el hombre americano apareció después de la última glaciación y que en el pleistoceno, con la retirada del mar, la cuenca del río Orinoco emergió hasta convertirse en tierra firme y los grandes lagos comenzaron a desecarse.
Amalivaca, había sido quien realizo las figuras cargadas de misterios y poderes mágicos de Tepumereme, grabo la piedra pintada de La Encaramada e hizo que la única pareja sobreviviente de la devastación poblara la tierra.

Un ir y venir de pueblos
Cuando Colóm, diviso la Tierra de Gracia (primer nombre de Venezuela), ya por estos territorios, en el transcurso de esos milenios que desconocemos, habían pasado muchos pueblos, extinguiéndose algunos y naciendo otros.
Siglos antes de la llegada del español, de la Guayana brasileña emergieron las tribus Arahuacas, que eran agricultores que cultivaban la yuca y el maíz. Para asegurar sus siembras, esclavizaron a los antiguos moradores o exterminaron a los que no quisieron someterse. De los que precedieron a los arahuacos, apenas quedaron las etnias dispersas: “Chiricoas, Guahíbos y Cuibas”. La sumisión de los Macos fue tan grande, que entre nuestros aborígenes, su nombre pasó a ser sinónimo de gente vencida y esclavizada. En cambio, la destrucción de los Atures fue tan completa, que de ellos solo nos quedo: los nombres de los raudales de los ríos y un loro, que vivió muchos años y por el resto de su vida, hablo una lengua que nadie jamás comprendió.

¡Ana karina rote,amaucón paparoro itoto mantó!
Después de los Arahuacos, vinieron los Caribes del Matto Grosso de Brasil. Fue tanta la violenta penetración de esta raza kariña, que los Salíbas, que era una raza mansa y acostumbrada a una vida pacifica, crearon una leyenda para explicar el origen de estos hombres: “El hijo de Purú, bajo del cielo para dar muerte a la espantosa serpiente que devoraba a los pueblos ribereños del Orinoco. Del cadáver corrompido de aquel monstruo, brotaron gusanos voraces, que fueron transformándose en Caribes”.
Los Caribes, fueron bien dotados, esbeltos, fuertes, despiertos y orgullosos, buenos navegantes y mejores guerreros. Inundaron a toda nuestra nación de su pavoroso grito de guerra: “Ana karina rote”. Los españoles, quedaron asombrados cuando descifraron esta frase, por su insolencia y arrogancia: “Solo nosotros somos hombres”. Pero mas asombrados quedaron al oír el resto de la frase: “Amaucón paparoro itoto mantó”, algo parecido a: “Todos los demás son nuestros esclavos”.

La etnia kariña
Los Caribes, esclavizaron a todas las naciones que encontraron, quitándole sus fértiles posesiones en las cuencas de los grandes ríos, en las montañas y en las costas. Mientras unos avanzaron desde el Oriente hasta Borburata, otros lo hacían por el lago de Coquivacoa, comprimiendo estas dos masas de Caribes a los Arahuacos y dividiéndolos en los pacíficos Caquetios de la “Región Curiana” (Coro) o los mas aguerridos Adaguas de Variquesemeto, que atacaron al alemán Federmann. Luego los Caribes se expandieron hasta tomar posesión de las islas adyacentes, convirtiendo nuestro territorio, en territorio Caribe. Ellos recibirían al conquistador y le destinarían una tenaz resistencia.  

Las otras etnias
En medio del territorio Arahuaco y sin que nadie sepa de donde llegaron, se instalaron los feroces Jirajaras, llamados conjuntamente con los Ayamanes por los españoles: “Perrazos y traidorazos”. En las cumbres de Los Andes, estaban los Cuicas y los Timotes, que veneraban las lagunas y degollaban a sus doncellas en sus riveras como sacrificio. Las aguas rociadas con esa tierna sangre virgen, bajaban por las acequias hasta regar las terrazas de las pendientes, sembradas de papa y yuca dulce. Estos Cuicas y estos Timotes, usaban una especie de moneda y amaban tanto a la libertad, que cuando eran humillados por la derrota, se quitaban la vida.

Un abismo de separación
Colóm dijo: “Los descubridores de la Tierra de Gracia y los nativos, no pudieron entenderse”. Señor Colóm, no pudieron para entonces y luego tampoco pudieron. A estas dos razas, las separaba un abismo de miles de años, tanto como los que habían corrido desde que se fundieran los hielos de la última glaciación. Pero el hombre blanco no lo sabía. Su distancia con el aborigen, no era en tiempo y espacio, era en su propia esencia. Los primeros españoles, consideraban a nuestros antepasados, como: “Bestias infrahumanas, sin alma racional”.

Las bestias
Así vio a nuestros antepasados fray Tomás Ortiz: “Comen carne humana; son sodomíticos mas que generación alguna; ninguna justicia hay entre ellos; andan desnudos; no tienen  amor ni vergüenza. No guardan verdad sino en su provecho; son inconstantes; son ingratísimos. Se precian de emborracharse y con tomar fumos también  de hierbas que emborrachan y con comerlas.  Son bestiales y preciasen de ser abominables en vicios. Ninguna cortesía tienen mozos a viejos, ni hijos a padres. Son traidores, crueles y vengativos, que nunca perdonan. Son haraganes, ladrones: son de juicios muy terrestres y bajos: no guardan fe ni orden. No se guardan lealtad maridos a mujeres, ni mujeres a maridos. Son hechiceros y augureros, cobardes como liebres. Son sucios, comen piojos, arañas y gusanos  crudos, no tienen arte ni maña de hombres. Cuando mas crecen se hacen peores; hasta diez o doce años parece que van a salir con alguna crianza o virtud; pasando adelante se tornan como bestias brutas”. Y así continuaba fray Tomás, con el pecho helado y los ojos secos, describiendo a los aborígenes como bestias detestables. 

Los santos
Con el pecho ardiente y los ojos húmedos, los describirá Fray Bartolomé de Las Casas: “Las gentes de todos estos vastísimos países son sencillas, sin iniquidad, ni doblez, obedientes y fieles a sus señores naturales y a los cristianos a quien sirven, pacientes, pacificas, quietas, no rencillosas, ni alborotadoras, ni querellosas, ni rencorosas, sin odio ni deseos de venganza. Son pobres, pero contentos con su pobreza, sin voluntad de poseer bienes temporales y por lo mismo humildes, exentos de orgullo, ambición y codicia. Su comida es escasa y muy ordinaria, comparable con lo que nos cuentan de los santos anacoretas del desierto. Su entendimiento es vivo, listo y sin preocupaciones; por lo que son dóciles, para recibir toda doctrina, capaces de comprenderla; dotados de buena costumbre y aptísimos para recibir nuestra santa fe católica, tanto y mas que cualquier otra nación del mundo. Cuando ya comienza a comprender nuestra religión, tienen tal ansia de saber, que llegan a ser importunos para nuestros catequistas. En fin he oído a varios españoles seglares decir muchas veces: la bondad de los indios es tanta, que si llegan a conocer al verdadero Dios, no habrá gente mas bienaventurada en el mundo”.

Ni bestias ni santos
Ninguno de los dos frailes tenía la razón, nuestros aborígenes no eran bestias, ni santos, simplemente eran seres humanos con una cultura diferente y difícil de entender. En nada se diferenciaban a los europeos de remotos tiempos, que mataban a sus enemigos, comían sus carnes y le sorbían sus tuétanos. También se equivocaban cuando decían que todos eran iguales.
Nuestros aborígenes diferían grandemente; Los había fuertes y apuestos, como ciertos caribes y caquetios. Los chaimas eran rechonchos y recios. Entre algunas tribus de ayamanes había hombres de un metro de altura. Si las mujeres chaimas, no eran hermosas, las que habitaban el Oriente y el valle de Vararida, asombraron a los invasores por su belleza. Los habitantes de Los Jardines, eran de piel clara, mientras los gualqueries de tierra adentro eran casi negros. Y así como sus cuerpos, rostros y piel, fueron también diferentes en sus costumbres y su manera de vivir.

Comiendo las virtudes del enemigo
Muchas tribus comieron carne humana, pero otras no. Lo hicieron por ritual y solo comían a los enemigos principales, en la creencia de que adquirían sus fortalezas. Los indios comían tigres y caimanes y luego decían: “Yo soy bravo como un tigre, yo soy rabioso como un  caimán”. Pero nunca comieron mujeres y muchas tribus, jamás probaron carne de venado, porque era tímido y asustadizo. Cuando aprendieron a usar los perros de caza, le daban el corazón del venado para que fueran ágiles y veloces. Lo que los indios comían del guerrero vencido era su fuerza y su valor, ya que así se apoderaban de sus virtudes celosamente guardadas durante toda la vida para que no se le escaparan. Es por ello que, tenían sumo cuidado de no dejar que se apoderaran de sus pelos, sus uñas, su saliva, no daban su nombre verdadero, ni se dejaban mirar frente a frente las pupilas.

Ascendiendo al mundo espiritual
El mundo de los indios era muy diferente al que explicaban los cristianos. En su mundo los árboles, las aguas, las piedras y las bestias tenían alma, voluntad, pasiones e irradiaban poderes. Los sapos provocaban las lluvias y ciertos escarabajos atraían los peces. La muerte de la serpiente de agua, secaba las lagunas y el cuerpo de las dantas acogía el alma de los difuntos. Los pájaros decían quien iba a morir y si la caza seria buena. Pero para tener acceso a estos espíritus, había que embriagarse con los diferentes licores que preparaban. Había que ascender al mundo de los espíritus, en el humo del tabaco de los piaches o con el yopo inhalado por las narices, que aligeraba el cuerpo hasta que las plantas de los pies no sintieran el contacto con el suelo. Luego se regresaba con la ciencia de la adivinación, el arte de curar, la fuerza para regir la tribu o conducir la guerra. Para el espíritu cristiano resultaba intolerable, que aquellos seres endemoniados dijeran sin recato que si no les daba la gana, no irían al infierno.

La salvaje coquetería
Desnudos andaban como acabados de ser creados por Amalivaca, apenas con un taparrabo, adornados para proteger el cuerpo, a veces con oro, con sus plumas  coloridas, con unto negro para sombrear sus ojos. Estas pinturas no eran alocadas, describían sus hazañas, primero desde la punta de los dedos hasta sus muñecas, de allí al codo, de allí al hombro, desde la cintura al cuello, a la boca, a los ojos.
A estos adornos se sumaban sus brazaletes, conformados por conchas marinas, semillas vistosas, piedrecillas pulidas, colmillos de caimán, uñas de jaguar, dientes humanos. Algunas mujeres adornaban sus cabellos con luciérnagas vivas que lo iluminaban. Para los conquistadores, estos adornos eran producto de risas por su coquetería salvaje, pero quedaban enmudecidos cuando de los pechos de algunos hombres, colgaban pesadas águilas o chagualas de oro, quedaban estupefactos.   
Nelson Vielma

 

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