Nelson Vielma

 

 

La libertadora y el repostero del Libertador

 

 


Estimados lectores, utilizando mi característica forma de divulgar nuestra historia de manera detallada para su mas fácil comprensión, esta semana los retrocederé 184 años en el tiempo, porque los trasladaré mentalmente a uno de los años más vergonzosos de nuestra historia, cuando se atento dos veces contra la vida del padre de la patria.
Esta vez los llevare a aquella aciaga noche del 25 de septiembre de 1828, fecha en que sucedió el segundo atentado contra la magna vida de Bolívar, cuando este se encontraba alojado en el lujoso Palacio de San Carlos de Bogotá y un grupo de liberales atentaron contra su vida.
En el palacio se encontraban: el coronel José Bolívar (no era pariente del Libertador); el médico Thomas More; el teniente Fernando Bolívar (sobrino y secretario del Libertador); el subteniente Andrés Ibarra y Manuela Sáenz, quien hacia mes y medio, lo había salvado de ser asesinado en un baile de disfraces, el 7 de agosto, esa vez creó un escándalo y de esta manera frustro el magnicidio, por lo que planearon un nuevo atentado.

El macabro plan magnicida…
Bolívar, había desplazado a Santander de la vicepresidencia y por ésta razón empezaron a conspirar, formando sociedades secretas que llamaron “Círculos”, para crear disturbios. Estos Círculos estaban conformados por doce miembros y cada uno debería dirigir otro de doce personas. El Círculo principal se encontraba en Bogotá y era dirigido por Santander, Soto y  Azuero. En Bucaramanga Bolívar se entero de estas intenciones pero no le dio importancia.
Algunos días antes, uno de los conjurados borracho amenazó a algunos oficiales con la muerte para dentro de unos días. El Coronel Guerra, jefe del Estado Mayor, decidió dar el golpe lo más pronto posible, alertando al Batallón de Caballería y reuniéndose en casa de Luís Vargas Tejada.
Los involucrados eran 12 civiles y 25 soldados comandados por Pedro Carujo que tratarían de tomar el Palacio y matar a Bolívar. Ellos pensaban apoderarse del cuartel de artillería y reforzarlo con sus hombres ya que ese cuartel estaba a favor de la conspiración y atacaría al batallón Vargas leal al gobierno.

Como siempre, la brava Manuelita…
Esa noche Bolívar se encontraba enfermo y llamo a Manuelita. Ella le había advertido de los rumores de un atentado en su contra, pero como sucedió cuando lo alerto en el baile de disfraces, Bolívar esta vez, también le resto importancia a su valiosa amante.
Sin embargo el Libertador le comento: “Esta mañana me enteré, que Santander es el jefe de una conspiración contra mí, lo nombré Embajador en los Estados Unidos”. Manuela por su parte también le hizo este comentario al Padre de la Patria: “Mira que esta gente es bien malagradecida. Están furiosos contigo porque saliste de Santander”
A las doce de la noche en la calle se oyeron gritos de alarma que despertaron a  Manuela, justo en el momento que un tropel de gente armada corría hacia la habitación, la singular amante despertó a Bolívar, que con espada y pistola en mano quería enfrentar a los conspiradores, pero Manuela le dijo: “Corre Simón, vienen a matarte salta a la calle por el balcón”, al frente de los conspiradores estaba el militar venezolano Pedro Carujo y Manuela le dijo: “Bolívar no está aquí”, en eso entro el leal legionario Fergusson y Carujo lo asesino de un pistoletazo.
Al ver fracasado el magnicidio, los asesinos huyeron por los corredores. Se oyeron disparos por todas partes. Bolívar, al huir del Palacio de San Carlos, se refugió bajo el puente de San Agustín. El agua helada le llegaba hasta la cintura. Grupos de gente armada pasaban sobre donde él estaba dando mueras a su nombre. Una descarga cerrada en el otro extremo hizo huir a sus enemigos. eran tropas adictas que daban vivas al Libertador. En el atentado habían asesinado al centinela y a un cabo que les resistió, hiriendo a su edecán Andrés Ibarra. También asesinaron a los coroneles José Bolívar y  Guillermo Fergusson.

El repostero marginado por la historia…
Pero la cruel y malagradecida historia o mejor dicho los historiadores oficiales, siempre han marginado a los pequeños actores que un momento dado jugaron un papel importante. Este es el caso del repostero José María Antunez, abnegado servidor de Bolívar, a quien con estas páginas intentare salvar del olvido. 
Esa noche del atentado, fue señalada únicamente como heroína a Manuela Sáenz Aizpuru, ya que sin su intervención Bolívar no hubiese salido con vida. Bolívar, en el esfuerzo de saltar por la ventana en esa lluviosa noche, perdió su sable y la pistola del cinto y corriendo se escondió en las arcadas del puente del Carmen. En ese preciso momento el repostero José María Antúnez, lo vio y corrió en su ayuda, los disparos y los gritos de “muera el tirano, viva la Constitución de Cúcuta, viva el general Santander”, dominaban el confuso ambiente.
El repostero Antúnez, le prestó su ruana y lo acompaño toda la noche bajo aquella pertinaz lluvia y ambos estuvieron con los pies en el agua del río San Agustín. Cuando comenzó a amanecer, se empezaron a escuchar algunas exclamaciones dando vivas a Bolívar y muerte a los asesinos. Bolívar, sin poder confirmar lo que sucedía, envío al joven repostero al cuartel donde estaba el Batallón Vargas a indagar. Así lo hIzo Antúnez que al rato regreso y le informo que los generales Rafael Urdaneta y José María Córdova,  ya controlaban la situación y tenían detenidos a la mayoría de los involucrados. Bolívar, ahora si puede salir seguro del puente, retornando a palacio donde sus seguidores respiraron aliviados al verlo.
En el Palacio San Carlos, se lee en una placa la siguiente inscripción: "Detente, espectador, un momento y mira por donde se salvó el padre Libertador de la patria, Simón Bolívar, en la nefasta noche septembrina de 1828".

La inesperada reacción de Bolívar
La gente al saber la noticia, inundo el Palacio de Gobierno para darle apoyo a Bolívar. Entre los primeros que llegaron estaba el propio Santander quien con el más increíble descaro le dijo: “Dios sea loado por haber metido su mano, salvando a su Excelencia de tan viles asesinos”, tendiéndole la mano al Libertador que este le rechazó con público desprecio. En ese preciso momento salto Manuelita encolerizada y le grito: “no seas hipócrita, Santander, todo esto es obra tuya, eres el jefe de la conspiración y de los asesinos”. 
Después de esta acción, Bolívar acompañado de sus generales, se encerró en su despacho. Córdoba le comunico que afuera tenían a dos de los conspiradores Hormant y Pedro Carujo. Entraron los dos prisioneros llevados a empujones por la guardia. Bolívar, melancólico, les pregunto: “¿Qué os he hecho, para que queráis destruirme?” Hormant le dijo: “no es a vos a quien queremos destruir, sino el sistema de Gobierno”, pero Pedro Carujo, se le arrodillo suplicante y le dijo: “perdonadme, señor, fui víctima de la intriga. Yo os diré el nombre de todos los conspiradores: Santander y el Almirante Padilla son los jefes; Florencio González, el marido de la Bernardina, es el otro”. Bolívar lo lamento no tanto por Santander, sino por Padilla, el héroe de la Batalla Naval de Maracaibo, su leal amigo y compañero desde los tiempos de Jamaica. El vencedor de los españoles en Cartagena. El segundo almirante, a quien él le había otorgó ese título. 
Un consejo de guerra encontró culpables a Santander, Padilla y sus compinches. La sentencia fue la pena de muerte. Los ministros del gabinete intercedieron por Santander. Uno de los ministros le dijo: “hace un año perdonasteis a Páez, que era vuestro compañero y tan culpable como Santander”. El Libertador contesto: “Sea todo por la paz de Colombia. Santander será expulsado de por vida del territorio nacional”. 
El leal general Urdaneta, proféticamente le comento: “El día que perdonasteis a Páez condenasteis a muerte a Colombia; vuestra decisión sobre Santander es el final”. 

Antúnez, el heroico y mal pagado repostero…
José María Antúnez, nuestro héroe nunca reconocido, había nacido en Maracaibo, para la fecha de este atentado tenía 24 años. Fue reclutado cuando Maracaibo se sumo a la causa patriótica y enviado al “Batallón Brillante”, al mando del Coronel José María Delgado. Luego formo parte del escogido “Batallón Vencedores de Boyacá”, siendo parte de las tropas auxiliares destacadas en Perú por órdenes expresas de Bolívar, al mando del Coronel Juan Paz del Castillo, estas tropas regresaron en enero de 1823. A partir de ese momento, Antúnez  paso a las ordenes de Fernanda Barriga (o como le decía cariñosamente Bolívar: Fernanda VII), la cocinera estelar y jefa del personal de servicio exclusivo del Presidente de Colombia y Libertador de medio continente. a Este fiel soldado y repostero, estuvo con El Libertador hasta 1830 cuando murió en San Pedro Alejandrino. Después de la muerte del Libertador se traslado a Caracas, pobre y desamparado, deambulando por la ciudad, sin conseguir trabajo, ni reconocimiento, sin embargo a pesar de su limitada instrucción él era un bolivariano puro.
El insigne historiador Manuel Azpurua le dio cobijo en su casa, donde vivió hasta el final de sus días. Estoy seguro de que José María Antúnez, fue una buena fuente de información para este historiador, en su obra “Documentos para la historia de la vida pública de El Libertador”, que recopilo conjuntamente con el sacerdote/militar José Félix Blanco.

Los malagradecidos gobiernos de la IV republica
La IV Republica, que comenzó en 1830 después de la disolución de la Colombia y año de la muerte de Bolívar, les negó la honra a los soldados de la independencia que eran afectos a Bolívar. El historiador Azpurua mas tarde refiriéndose a Antúnez, relataría: “Ninguno de los gobiernos de las republicas que nacieron de la Colombia, mostraron el menor interés en ayudar a un anciano y ni siquiera aplicaron aquella Ley de asistencia a los últimos servidores y Antúnez, en su hombría de bien y lealtad nunca desmentidas, añadió desinterés y abnegación patriótica, no instando jamás, ni aun por lo que le correspondía. Murió en Caracas en la tarde del 1º de abril de 1868”.
Con estas notas estimados lectores trato de reivindicar a uno de los muchos héroes anónimos de nuestra patria.

 

 

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