Nelson Vielma                                                                            

 

LA PRIMERA AVENTURA DE LIBERTAD SURAMERICANA         (parte 3)

 

 

Construido setenta años atrás de estos sucesos, el Castillo San Felipe  era la principal de un conjunto de fortalezas, que convertían a Puerto Cabello, en la segunda ciudadela de tierra firme después de Cartagena. En dos asquerosos y nauseabundos calabozos fueron depositados, la medianoche del 28 de abril de 1806, los cincuenta y siete hombres capturados en la primera expedición emancipadora de Hispanoamérica. Fue tanto el hacinamiento, el maltrato y la falta de alimentación a lo que fueron sometidos estos prisioneros que el Capitán Daniel Durning, murió por asfixia al tercer día escapando así de la suerte que le correspondió a sus compañeros, convertidos en cadáveres vivientes.
El cabo Moses Smith, nos describe su cautiverio de esta manera: “Por encima y a cada lado de esta terrible caja de seguridad, un rocío pegajoso goteaba y los harapos que colgaban a nuestras espaldas se pudrían en pocos días.  Nuestros cuerpos desnudos estaban constantemente cubiertos con una grasosa humedad, que cuando frotábamos para quitarla caía en chorros al suelo, y mucho más en la noche que en los días más calientes; ya que en la noche el vapor que nos rodeaba se condensaba en una niebla pestilente. Al principio  habían unos pocos huecos para luz y ventilación muy arriba de la puerta, pero nuestros captores ya sea por seguridad o crueldad los cerraron”.
Este sería el comienzo del infierno que le esperaba en una prisión donde sus carceleros, no hablaban su idioma y lo compensaban con un trato al extremo inhumano.

La cruel condena de los primeros mártires
El 6 de julio de 1806, fueronsacados de los pestíferos calabozos para ser juzgados y el 21 de julio, a las once semanas de estar encerrados y perpetuamente encadenados, nuevamente fueron sacados y arrodillados para recibir la sentencia condenatoria por conspirar contra la corona española.
Regresemos a la narración del cabo Smith: “las puertas de nuestra prisión fueron abiertas, y se nos dijo por vía de un intérprete que debíamos salir para ser colgados. Nuestros primeros pasos fueron a través de un largo y azaroso pasaje, donde guindaba el horrendo espectáculo de una pútrida carcasa humana en un garrote vil de grillete, rodeado de una caja de madera.  La piel se había podrido y el olor era espantoso.  Estaba tan atravesado en nuestro camino, que fuimos obligados a agacharnos y arrastrarnos bajo ella.  Al llegar a la última puerta nos encontramos de cara a un largo cuerpo de militares con bayonetas y mosquetes apuntando a nuestros pechos”.
Los jueces españoles, anunciaron las condenas a muerte de diez oficiales de esta manera; “Sois sentenciados a ser colgados por el cuello hasta que halléis la muerte, después de lo cual sus cabezas serán separadas de vuestros cuerpos, clavadas en estacas y repartidas para ser expuestas en sitios públicos”.
El expedicionario John Edsall, nos describe la aptitud de los condenados: “Jamás vi hombres que escucharan su sentencia de muerte con tanta calma. Consumidos y escuálidos, no demostraron el más leve temor y oyeron pronunciar su sentencia con altivez y firmeza”.
Catorce de ellos fueron condenados a diez años de trabajos forzados en el Castillo de Omoa en Honduras y a los demás la misma pena en Puerto Rico y en el castillo de Boca Chica en Cartagena.
Mientras sucedían estas cosas, Simón Bolívar con 23 años, en Paris le escribía a Alexander Dehollain; “Todas las noticias que nos dan de la expedición de Miranda son un poco tristes, pues se pretende que el tiene el proyecto de levantar al país, lo que puede causar mucho mal a los habitantes de la colonia”. Este documento implica que aun nuestro futuro Libertador, no tenía el fuego sagrado en su corazón que lo llevaría a asumir la posición emancipadora de Miranda. En mi personal opinión, pienso que esta carta desmentiría el supuesto juramento del Monte Sacro.

Ofrendando la vida con gallardamente por la libertad
Era necesario para los españoles sembrar un precedente para aquellos que intentaran insurreccionarse contra la corona, por ello eligieron el muro exterior  del castillo que era visto desde la ciudad porteña. Colocaron un gran aparataje militar tanto en el lado del castillo, como en el lado de la cuidad, ya que esta estaba separada del castillo por un brazo  de mar. Los españoles quizás por la carta enviada por Miranda a los mantuanos temían una insurrección de la población, este fue el motivo por lo que al trasladarlos a Caracas para juzgarlos, decidieron devolverlos de Valencia, en donde la multitud rodeo a los desamparados y desnutridos prisioneros.
A los condenados a muerte los vistieron con túnicas y gorros blancos y fueron marchando encadenados con los demás presos en una trágica procesión. El primero destinado a morir fue el teniente Farquason,  le quitaron sus grilletes, luego lo llevaron al tope del andamio y ahí, por un corto tiempo, fue sentado frente a sus compañeros. Dos cuerdas fueron aseguradas alrededor de su cuello, una pequeña para quebrárselo y la otra para suspender el cuerpo.  El teniente Farquason con voz firme se despidió de todos sus amigos, un esclavo negro que hizo de verdugo lo empujó e inmediatamente deslizándose por la cuerda hacia abajo se sentó sobre sus hombros, le pateó con sus tobillos en el pecho para luego saltar al suelo y arrastrarlo hasta el final de la viga de madera y hacer espacio a los siguientes condenados. De la misma manera fueron ejecutados el capitán Billop, el teniente Kemper, cuando le toco el turno al capitán polaco Gustad Adolf Bergud, después de que las cuerdas fueron colocadas en su cuello, se volteó hacia sus compañeros y señalando a la bandera tricolor, que los españoles tomaron a bordo de las goletas e izaron en señal de burla exclamó: “Tened coraje mis valientes camaradas; ya que por medio de hechos como estos obtendrán su libertad.  ¡La muerte pronto acabará con mis sufrimientos, y los ejércitos de Miranda romperán vuestras cadenas y los liberará de sus opresores! ¡Cuando esto ocurra vengad mi muerte!” Habiendo dicho esto, el mismo saltó del cadalso y expiró de inmediato. Luego les correspondió el turno a los tenientes Hall y Jonson, luego a Ferris.  Cuando ya no había espacio, el verdugo se montó, y con una cuerda atada a las piernas de los cuerpos haló a varios de ellos como si fueran un paquete hacia la esquina, para que así algunos  colgaran transversalmente por el cuello y los tobillos. Donohue, también se dirigió hacia sus compañeros y señalando indignado a los españoles, exclamó, “¡Ustedes perros de caza! Pronto pagarán por esto, diez veces más”.  El último en sufrir fue el Teniente Paulo Teodoro George, un joven portugués, que se desmayo inesperadamente y así fue ahorcado. Estos hombres fueron los primeros mártires de nuestra independencia y como tal debemos honrarlos. Pasaran seis años para que el generalísimo sea alojado también en uno de estos calabozos del castillo porteño.

Epitafio para nuestros héroes
Concluida tan cruel ejecución, el verdugo con una hachuela corto las cuerdas y cayeron los cuerpos al suelo, luego los tendió en una tabla y le corto las cabezas, con un cuchillo de carnicero. Como acto final despedazaron las banderas, pero ya en Puerto Cabello, aunque fuese como escarnio, el 21 de julio de 1806 izaron la bandera tricolor por primera vez en Venezuela.
A las dos de la tarde, regresaron nuevamente los prisioneros a los fétidos calabozos. Los restos de los tres católicos fueron sepultados en el cementerio y los otros siete en una fosa común en la playa, sembrándolos en esta tierra heroica, que diez y siete años más tarde, el 8 de noviembre de 1823, desterraría para siempre al ejército español de nuestro suelo patrio. 
Miranda al llegar a Venezuela en 1810, pronuncio estas palabras: “El principal motivo de júbilo para mí, es ver restablecida la memoria de mis compañeros de 1806”.
Esta petición de Miranda, fue cumplida ochenta años más tarde, el 10 de febrero de 1896, cuando fueron declarados próceres de la independencia y el 4 de julio se levanto una columna de bronce coronada por un cóndor, símbolo de la libertad suramericana, como epitafio a nuestros mártires y en el año 2006, me correspondió ser coparticipe del emplazamiento de una estatua del valiente capitán polaco Adolf Gustav Bergud, en la plazoleta de la confraternidad en Puerto Cabello, lugar de su martirio.

Miranda no se dio por vencido
Al día siguiente de lo sucedido en Ocumare, la tripulación del “Leander” solo tenía un tonel de agua, era necesario reabastecerse en Aruba, luego continuaron hacia Trinidad, donde son interceptados por la corbeta inglesa “HMS Lilly”, su capitán Donald Campbell, les dio agua y víveres e invito a Miranda a cenar en su buque. Le confirmo la muerte de Pitt y los nuevos nombramientos de sus amigos; Grenville como primer ministro y  Vasinttart  como ministro de la tesorería.
En Trinidad, con  el apoyo de su gobernador Hislop y el Almirante de la flota inglesa Alejandro Cochrane, Miranda preparo una nueva expedición para liberar a su patria. Cochrane le puso a disposición diez embarcaciones que acompañaron al “Leander” estas serian; “HMS Lilly”, “HMS Express”, “HMS Attentive” y “HMS Provost”, mas tres cañoneras; “Bull Dog”, “Dispatch” y “Mastiff”, mas dos buques transportes; el bergantín norteamericano “Commodore Berry” y la goleta “The Trimmer”,en plena ruta también se les unió la fragata “HMS Bachante”.
Apenas habían pasado dos días de las ejecuciones de los expedicionarios en Puerto Cabello, cuando el 23 de julio salió una nueva expedición mirandina, esta vez desde la isla de Trinidad. En total son doce las embarcaciones que retoman la magna empresa liberadora, ahora dirigidas hacia la Vela de Coro.

La expedición ocupo suelo venezolano
Miranda, el 30 de julio intento tomar la isla de Margarita, pero la expedición fue atacada por el crucero francés “Austerlitz” que abordo uno de los buques, esta acción obligo a nuestro Precursor a pasar la noche en la isla de Coche, para continuar al día siguiente a las costas de Coro.
El 3 de agosto de 1806, a las once y media de la mañana, quedo registrado en nuestra historia patria, como el día que Francisco de Miranda piso suelo venezolano para libertarlo. Después de un breve combate, toma la fortaleza e izo nuestra bandera en tierra venezolana. Este mismo día su retrato y su proclama fueron quemados en la plaza mayor de Caracas. A las nueve y media de la noche se dirigió a Coro, acompañado de algunos indios que se sumaron, llegando antes de la madrugada del día siguiente y encontrando que evacuaron a la población, los expedicionarios apenas consiguieron algunas pocas mujeres, algunos malvivientes fanáticos y un pequeño cuerpo de milicias que guarnecía el presidio. Al llegar a la plaza se creó una confusión y hubo disparos, se cree que salieron de la guardia de la prisión, el caso fue que ocasionaron la muerte de un expedicionario y cinco heridos, entre ellos Tomas Molini, su secretario privado. Miranda, libero a los prisioneros, el carcelero le dijo que las autoridades obligaron al pueblo a abandonar la ciudad.
Mientras estuvieron en la ciudad, el capitán Johnson que comandaba el  “Leander” fue capturado con quince soldados y hecho prisionero de los españoles, quienes hostigaban a las partidas que salían en busca de agua a los ríos. Inmediatamente al enterarse de la noticia del “HMS Lilly”, enviaron al teniente Barclay con treinta hombres, pero a pesar de combatir con los españoles, ocasionándoles unas veinte bajas, entre muertos y heridos, no lograron liberar a los prisioneros.

Adiós patria amada
El 13 de agosto de 1806, a las once de la mañana, después de diez días en suelo venezolano y en vista de las circunstancias, Miranda decide abandonar su empresa de libertad y partió llegando al día siguiente a Aruba y tomando posesión de ella el 22 de agosto, pero el capitán Dundas del “HMS Elephant” le comunico que debía retirarse de Aruba o le retiraba toda la protección naval. El 27 partieron las naves inglesas de Aruba y Miranda se embarco en la fragata “HMS Seine” que acompañaba al “Leander” rumbo a Grenada. De esta manera concluyo la expedición emancipadora, que abrió las puertas a nuestra gesta de independencia, a la cual Sebastián Francisco de Miranda, también ofrendará su vida diez años mas tarde.

 

Regresar?