La magna empresa

 


En 1818, Bolívar se reunió con sus oficiales en un miserable rancho de las riveras del Apure y les expuso su proyecto de Patria Grande.
En esa reunión, quedo aprobada su idea de invadir Nueva Granada. Todo dependía ahora de su ejecución. La primera condición era el secreto. Debido al elevado número de desertores, las tropas no debían saber adónde serian guiadas y tampoco lo qué iban a hacer. Una palabra indiscreta podía arruinarlo todo. Bolívar era tan cuidadoso que ni siquiera al consejo de guerra reveló todos los detalles de la campaña. Pero después que su idea fue aceptada en lo fundamental, trabajo con la rapidez que le era característica. Santander debía empezar sus operaciones contra Nueva Granada. A él también le giro instrucciones de hacer todos sus preparativos con el más estricto secreto.

Preparando la gloria
Bolívar redujo sus preparativos a las cosas más necesarias; procurarse armas, municiones, caballos y ganado. Con antelación había ordenado reunir todos los botes que fuera posible. Eran vitales, pues los llanos parecían lagos en la estación lluviosa. El precavido Santander temía que las tropas no pudieran cruzar las montañas sin botas y mantas de lana, pero nadie sabía donde encontrar ropa de abrigo y zapatos de cuero.

Las Juanas
Hacia finales de mayo de 1819, el ejército partió. Bolívar no halló la resistencia que esperaba en las tropas. La mayoría de sus hombres estaban contentos de salir de la inactividad a que estaban momentáneamente sometidos. Eran jóvenes, despreocupados por sus vidas y acostumbrados a los infortunios.
Sin embargo, muchas mujeres iban con ellos. A estas anónimas heroínas se les denominaban cariñosamente: “Las Juanas”. Estas valientes venezolanas, sirvieron de enfermeras, cocineras, costureras y lavanderas. Su vocabulario no siempre se ajustaba a las reglas de la Real Academia de Madrid, pero eran tan bravas como los hombres y cuando era necesario, hasta tomaban armas.
¡Viva la mujer venezolana!

Santander, factor decisivo de la campaña
El ejército no se dirigió hacia Cúcuta, como Bolívar había hecho creer a su gente, sino hacia las llanuras de Casanare. El 11 de junio, Bolívar se encontró con Santander, quien era uno de los generales más jóvenes del ejército. No tenía más de veintisiete años, y era de regular estatura, con una tendencia a la corpulencia que disminuía en algo su apariencia. Su cara era seria y decidida y sin rasgos de humor o amabilidad. Su cabello era lacio y castaño, y lo usaba a la moda de entonces, en mechones que llegaban al cuello de su uniforme. Al igual que Bolívar, pertenecía a la aristocracia criolla, pero se le notaba un leve rastro de sangre indígena. Sus ojos color ámbar, sombreados por largas pestañas, estaban hundidos en sus fosas y eran penetrantes y reservados.
Bolívar ordenó un descanso de tres días, que aprovechó para ordenar las tropas. Él mismo tomó el mando, mientras Soublette conservaba la jefatura del Estado Mayor. La avanzada fue asignada a Santander, quien, como nativo de Nueva Granada, conocía bien el terreno y era el jefe lógico, especialmente debido a que sus hombres también eran de Nueva Granada. Es difícil trazar un cuadro exacto del tamaño de este ejército, pues los números e informes varían. Probablemente, el ejército de Bolívar, contando todas las reservas, era de aproximadamente tres mil hombres: dos mil trescientos de infantería y setecientos de caballería.

Un  ejército en guayuco
El camino los conducía a través de las llanuras, que ya no eran llanuras. Los ríos se habían convertido en lagos; por los lechos de los ríos, antes secos, corrían caudalosas corrientes; el terreno a su alrededor era cenagoso y pantanoso y las incesantes lluvias caían sobre la tierra.
Enjambres de mosquitos pululaban sobre las aguas y atormentaban al ejército. Las tropas tenían poca ropa para protegerse y durante las lluvias torrenciales le hubieran servido de poco. Muchos soldados no tenían siquiera pantalones y usaban un guayuco, especie de delantal que apenas les cubría, porque lo que servía de uniforme se usaba para mantener secas las armas y las municiones, O’Leary escribiría de esta hazaña: “Durante siete días marchamos con el agua hasta la cintura”.

Marcha de sacrificios
Los establecimientos en los llanos de Casanare estaban dispersos, y sólo ocasionalmente encontraban un pueblo. Lo más difícil era cruzar los ríos. Los botes que poseía Bolívar eran insuficientes e hizo confeccionar otros con cueros de vaca cosidos. En ellos se transportaban los cañones, la pólvora y también a los soldados que no podían nadar.
El Libertador estaba siempre en medio de sus hombres. Después de una larga marcha, se le veía generalmente ocupado cuidando de los caballos y de las mulas o ayudando a descargar los caballos. En su marcha desde Venezuela hasta la Nueva Granada, el ejército cruzó los ríos: Arauca, Lipa, Ele, Cravo del Norte, Tame, Casanare, Ariporo, Nuchía. Cruzaron diez ríos navegables, además de arroyos, pantanos y lagos. Muchas mulas y caballos se ahogaron y la mitad del ganado se perdió.
Bolívar hizo lo posible para hallar el remedio, pero no tenía ingenieros, ni herramientas. Además cualquier pérdida material era preferible a una pérdida de tiempo. Hubo muchos días en que las tropas no tenían nada para comer, pero la frugalidad de los llaneros ayudó a resistir todas las vicisitudes.

A la vista de la cordillera
Cuando Bolívar llegó al pié de las cordilleras a finales de junio, escribió a Páez: “Las operaciones del ejército, hasta ahora, se han reducido a marchar a través de territorios amigos: Después cruzamos con éxito el Arauca y todas las corrientes navegables desde allí hasta el Pore; creo que el obstáculo más importante de nuestra empresa ha sido superado. Pero a la vista de los nuevos riesgos que aparecen cada día y que se duplican a nuestro paso, casi desespero de acabar con esto. Sólo una constancia que supera toda experiencia y nuestra determinación de no detener un plan que encontró la aprobación universal, me ha permitido conquistar estos caminos”.
Bolívar no estaba equivocado. La conquista de esta región, que según Santander era más un pequeño mar que tierra firme, no constituía el problema mayor.
Desde el 22 de junio en adelante, el ejército encontró un obstáculo que parecía insuperable. Poderosa e inaccesible, estaba la cadena de Los Andes, que asomaba ante sus ojos. Las pocas huellas habían sido barridas por las lluvias. Los Andes eran considerados imposibles de trasponer en esa época del año. Además el inconveniente de transportar el material no era el único ni el peor. Surgió la resistencia psicológica, que era más difícil de combatir.

Obstáculos tras obstáculos
El ejército de Bolívar estaba constituido casi completamente por hombres de tierras cálidas, que no habían soñado nunca que algo como esas montañas existiese y su sorpresa aumentaba con cada paso que daban.
Con cada pico que alcanzaban, pensaban que el ascenso había terminado y que tenían por delante una tierra comparable con la propia. Pero en lugar de los llanos que esperaban, había nuevos abismos y nuevas y más elevadas alturas. Roca sobre roca las cimas alcanzaban el cielo, sus picos más altos se perdían entre la niebla y las nubes. El hombre primitivo se sentía indefenso cuando a su alrededor se producían cambios repentinos. Estos pastores intrépidos que nadaban por corrientes tumultuosas, que luchaban con tigres y cocodrilos, se sentían intimidados a la vista de una naturaleza tan poderosa.
Con cada nuevo ascenso la temperatura disminuía. Los sentidos perdían su actividad y el cuerpo su movilidad. Caballos que podían correr sin herraduras por los llanos, caían en los caminos resbalosos. La comida no era apropiada y morían en grupos. Los animales que transportaban los cañones y las municiones caían y bloqueaban el camino para los que seguían. La lluvia caía a torrentes y el agua fría causaba una especie de disentería en muchos soldados. Después de cuatro días de marcha a través de las montañas, casi todos los vehículos eran inútiles.

La gloria los espera
El ganado moría y todo parecía conspirar para causar el fracaso de Bolívar. Los venezolanos se hicieron pendencieros. ¿Qué les importaba a ellos la Nueva Granada y estas montañas dejadas de la mano de Dios? Pero Bolívar era inflexible. Una y otra vez logró animar a las tropas. Les hablaba de la gloria que les esperaba, de lo mucho que obtendrían una vez que llegaran a las tierras altas. En ese momento sucedía algo ilógico para la naturaleza humana: los soldados le creían y seguían marchando.

Los tres errores de Barreiro
Finalmente encontraron al enemigo el 27 de junio. La tercera división del ejército de Su Majestad Católica, estaba estacionada en Nueva Granada y Morillo la había puesto bajo el comando del joven coronel Barreiro. Morillo consideraba dos puntos de Nueva Granada como estratégicamente vitales: la capital, Bogotá, y el puerto de Cartagena. Por consiguiente las tropas estaban dispersadas a través de las regiones montañosas. Bogotá sólo podía ser conquistada desde los llanos. Los Andes que se elevaban allí a una altura de cinco mil metros, eran sus defensas naturales. En esta situación, Barreiro había dispuesto sus cinco mil hombres. Había cometido, sin embargo, tres errores en sus cálculos. En lugar de concentrar sus fuerzas en los lugares más importantes, las había diseminado a lo largo de una dilatada línea. Además, no sabía como organizar un servicio de inteligencia que pudiera informar de los movimientos de un ejército invasor, por lo que estaba obligado a andar a tientas en la oscuridad para adivinar por dónde irrumpiría el enemigo.
Su tercer error consistió en el lugar elegido para sus cuarteles. Barreiro se había establecido en Tunja, capital de la provincia de Boyacá. Pero Tunja estaba a muchos kilómetros del frente. Si hubiera elegido, en cambio, una pequeña ciudad en la vecindad del camino para su cuartel, la campaña hubiera tenido resultados muy diferentes.
El número de sus soldados, equipos y armas era muy superior al de los patriotas y su posición en lo alto de las montañas era invencible. Un ejército mucho más pequeño hubiera sido suficiente para rechazar al enemigo que ascendía.

La diplomacia de Bolívar
El primer encuentro demostró el ardor de los patriotas. La vanguardia de Santander encontró un grupo español de trescientos hombres cerca de Paya.
Los realistas habían ocupado una posición fortificada y los patriotas la asaltaron y los alejaron. Desde un punto de vista psicológico, este éxito inicial fue de gran importancia. El ánimo del ejército, disminuido por el esfuerzo y el cansancio, se hizo más confiado. Era el momento inspirado para llamar a las gentes del país a tomar parte en la lucha por la libertad.
Bolívar hizo su primera proclama en el suelo de Nueva Granada: “Vosotros sois patriotas; vosotros sois justos. Vosotros volveréis contra los españoles aquellas armas que os fueron entregadas para convertiros en vuestros victimarios”.
Después del primer encuentro, Bolívar era completamente optimista. Aunque sabía que Páez le había fallado nuevamente, le escribió: “Estaré en Boyacá en ocho días”.
Antes de preparar la última y más difícil parte del camino, reunió nuevamente a sus generales. Como sabía que unos pocos de sus compatriotas desaprobaban su plan, Bolívar lanzó una nacionalidad en contra de la otra a fin de animarlos para sus elevadas tareas. Les hizo creer que por algunos escépticos deseaba retirarse de la empresa. Inmediatamente los de Nueva Granada protestaron y declararon que ellos continuarían la guerra por su propia iniciativa. Entonces los venezolanos se sintieron culpables y aseguraron que eran capaces de cualquier esfuerzo que los otros pudieran hacer.
La diplomacia de Bolívar había ganado una nueva victoria y la campaña continuó. Así cumpliría su más cara ambición: la liberación del continente.

El hombre de las dificultades
Bolívar consideró las ventajas de esta campaña. Tendría un elemento sorpresa, pues si ahora emprendía el camino hacia Nueva Granada, Morillo nunca sospecharía de su plan. Debido a la estación lluviosa los caminos eran casi intransitables y toda información demoraba semanas. Morillo no recibiría informes y si los recibía no les daría crédito, ya que un movimiento audaz y arriesgado como cruzar Los Andes en esa época nunca se le hubiera ocurrido. Además el ejército español en Nueva Granada no estaría preparado y Bolívar lucharía también en un territorio amigo y en un país que, aunque oprimido, no estaba destruido como Venezuela. Pero Bolívar enfrento los peligros. El riesgo de tal marcha, durante la estación lluviosa, era grande, tan grande, que no lo adivinaba siquiera en aquel momento. Si él partía, llevándose la mejor parte del ejército, nadie podría predecir qué sucedería en Venezuela. En realidad Bolívar fue el hombre de las dificultades

Nelson Vielma

 

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